Asexuales


David Jay (1995) es el fundador del Movimiento Asexual. Los seguidores de Jay no se declaran enfermos en absoluto, ni física ni psíquicamente, sino personas absolutamente sanas cuya orientación no es heterosexual, ni homosexual ni bisexual, simplemente asexuales, y cada día son más. 

Abrimos al alimón, mi compañero Manuel Fernández Blanco -hombre sabio y de discurso quirúrgico a la hora de desentrañar las claves del alma humana- y yo, el curso docente del servicio de Psiquiatría del CHUAC con una exposición sobre sexualidad y salud mental.

Esto de la sexualidad humana y su patología es algo reciente, no más de dos siglos, después de que el botánico August Henchel introdujera el término sexualidad en la reproducción de las plantas; el neologismo se extendió al resto de las ciencias, incluida la medicina, que optó por considerar como enfermedad todo aquello que se desviara de las normas establecidas, fundamentalmente la heterosexualidad y el considerado «coito correcto».

En el mundo clásico, la India o la China milenarias, el sexo era algo que carecía de connotaciones patológicas. Las relaciones homosexuales o el fetichismo de los pies que se practicó durante más de diez siglos en China no tenían nada de extraordinario.

Fue la Psychopathia Sexualis elaborada por neurólogos de finales del XIX la que vino a legitimar la condena de cualquier tipo de sexualidad que no fuera la normativa, legislando y humillando a millones de personas que no comulgaban con ella. La homosexualidad se consideró una enfermedad y, hasta hace nada, ilustres psicólogos y psiquiatras contemporáneos consideraban la necesidad de tratarla y la posibilidad de «curarla».

El Informe Kinsey (1953) vino a desvelar la asombrosa variedad de comportamientos sexuales de todos los grupos de edad y sexo, revelando que las legislaciones en materia sexual distaban mucho de la realidad. Un 50 % de varones y un 20 % de mujeres declaraban algún tipo de experiencia sexual con alguien del mismo sexo antes de la madurez, y lo mismo ocurría con otras preferencias como el sadomasoquismo, el fetichismo o la masturbación.

Fueron los movimientos estudiantiles, feministas y colectivos homosexuales quienes contribuyeron de manera decisiva a la llamada liberación sexual y a la erradicación de los tabúes sexuales.

Hoy la cuestión sexual camina hacia el polo contrario. El sexo ha perdido interés al hacerse omnipresente, explícito y asequible a cualquier edad gracias a la píldora y la viagra. Un reciente estudio de la universidad de Heidelberg demuestra que la actividad sexual de los europeos ha descendido de manera progresiva desde los ochenta. Parece que el sexo interesa cada vez menos a una juventud que prefiere jugar a la Play o hacerse selfies.

Rotos los tabúes en torno al sexo, el único tabú posible es renunciar a él. Allá van.

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