En este verano que acaba de morir se han cumplido dos siglos redondos desde que un grupo de románticos ingleses encabezados por Lord Byron pasaran unos días en una casa que este había alquilado en Suiza, a orillas del lago Leman. Formaban la pandilla, junto al anfitrión, su médico John W. Polidori y el poeta Percy Bysshe Shelley con sus dos amantes, la escritora Mary Shelley y su hermana Claire, a la que Byron iba a dejar embarazada; todo, como se ve, muy animado. Como en 1816 no se había inventado todavía la televisión ni el Trivial, Lord Byron propuso un juego a sus invitados, y así, la noche del 16 de junio todos los huéspedes emprendieron, cada uno por su cuenta, el desafío de escribir una historia de terror acorde con el caserón y la tormenta que se desencadenaba. Y de allí salió El vampiro, de Polidori, y el famosísimo Frankenstein, de Mary Shelley. La historia de aquella pandilla decadente y herida por la belleza y la poesía fue un cúmulo de acontecimientos, enfermedades, amores y tragedias, pero sobre todo, para mí fue la poesía de Shelley: «El día se vuelve más solemne y sereno cuando llega la tarde; hay armonía en otoño, y un esplendor en el cielo que no se ha visto ni oído en todo el verano; como si no pudiera ser, como si no hubiera sido». Cuando leo el Himno a la belleza intelectual, que Shelley escribió aquel año al llegar el otoño, y miro a mi alrededor, tan lleno de fútbol y de cultura gastronómica, de gestores culturales y ministros estupendos, siento un escalofrío.