Bofetadas de las urnas


Se ponen las urnas, como dirían en Cataluña, pero después uno nunca sabe lo que se encontrará dentro. A la hora del escrutinio se convierten en algo parecido a caja de bombones de Forrest Gump. Puedes preguntar alegremente a los votantes brindando por la fiesta de la democracia, pero quizás no te guste la respuesta. Sucedió en el referendo sobre el brexit en el Reino Unido. Y también en la consulta sobre el acuerdo de paz en Colombia. «Un non sabe onde a ten», que diría la abuela de turno. Visto lo visto, una parte nada despreciable del electorado de países de Europa y de América no está para discursos que apelan a la responsabilidad, a la generosidad y a la estabilidad. No escucha las llamadas al orden. No quiere que le pidan favores. Y va de elecciones en elecciones detonando encuestas y pronósticos, hiriendo de gravedad tesis de analistas reputados, ignorando a políticos propios y también a los más ilustres paracaidistas del escenario internacional. Los grandes nombres ya no deslumbran como antes. Ronda por ahí un sentimiento común de rebelión contra lo que marcan aquellos que mandan, la evidencia de sentirse oveja todo el año y la voluntad de querer ser lobo, aunque sea solo por un día, precisamente el día de las elecciones. Se ha abusado del exprimidor durante demasiado tiempo en casi todo el mundo. Y la naranja se ha vuelto más amarga que el limón Más amarga. Pero también mucho más impredecible. Cabe esperar que no tanto como para dejar los mandos de todo esto en las manos de Donald Trump. Pero por Estados Unidos también corre ese combustible que ha incendiado otras votaciones.

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