Votar mal


Dicen por ahí que los gallegos votan mal. Muy mal. Las papeletas, esos supuestos aleteos de libertad, son mariposas o polillas según el color que encierren. Si le votan a uno mismo, es democracia. Si le votan a otro, es un error. Nunca falta alguien que muerda al prójimo mientras se lame las heridas electorales. Pero es cierto que la dosis de saña es mayor con los gallegos, hay más inquina dentro y fuera de la comunidad, como si necesitáramos estar tutelados. Si arrasa el PP en Madrid después del tamayazo en el Parlamento autonómico es porque allí quizás se pasen de listos, pero no de tontos como aquí. Si los del 3 % continúan gobernando en Cataluña es porque en la otra esquina del tablero tienen un sentido patriótico y una capacidad de sacrificio que va más allá de cualquier comisión. Si salen airosos los de los eres en Andalucía es porque el sur, puño en alto, es el último y orgulloso reducto del socialismo europeo. Pero, si en Galicia el Partido Popular consigue una mayoría absoluta, Twitter y los demás lavadoiros digitales se ponen como si el pueblo hubiera salido en masa a las calles para apoyar como un solo hombre al Ku Klux Klan. Se diría que hasta existe más comprensión con los franceses cada vez que estos le entregan un poco más de poder al Frente Nacional.

La ironía es que seguramente todos los insultos vertidos contra los electores contienen gran parte de la explicación de los resultados del 25S y de citas electorales anteriores. En todo caso, como dijo George Bernard Shaw, la democracia es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos. Pero todos. No solo los gallegos.

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