Gobernarse a sí mismos


Una mayoría absoluta. Una especie de urogallo en estos tiempos de cólera. No sería justo otorgar el mérito de esta excepción a un único contendiente. En campaña se han escuchado muchos llantos por las esquinas, porque «los que tienen los votos» no se sentían suficientemente agasajados, representados, mencionados, protagonistas. Ocurrió con los socialistas, pero también con En Marea. Sí, tienen los votos, pero no en propiedad, solo prestados para la ocasión. Y la ocasión es municipal. Durante esta carrera electoral el PSdeG se ha empeñado en ofrecer una cansina reposición de Norte y Sur. Una de las consecuencias es que ha firmado su peor resultado en unas autonómicas en Galicia. El batacazo también debe ser compartido. O Pino y Ferraz; A Coruña y Vigo. Unidos en el descenso.

En Marea ya tiene su sorpasso porcentual. Queda la duda de si en el palmarés de Pablo Iglesias hay que apuntar el adelantamiento al PSdeG o la mayoría absoluta del PPdeG, porque todo nace de las mismas urnas y candidaturas. Cuando el vencedor logra una mayoría simple y no tiene posibilidad de pactar, el segundo puesto es una medalla olímpica. Pero si el ganador tiene escaños de sobra para gobernar en solitario, ser segundo es como ser subcampeón del Mundial de fútbol. Te llevas la palmada por haber jugado la final y poco más (al menos en los próximos cuatro años).

No triunfó la idea de derramar la marea sobre el BNG para que el frente se disolviera como un azucarillo en las autonómicas. El Bloque resiste, seguramente porque su discurso nacionalista no está monitorizado desde la Complutense. En las tesis originales del núcleo duro de Podemos el nacionalismo daba una enorme pereza. Ahora saben que con esa apuesta identitaria pueden rascarse votos, pero no siempre seduce a los electores.

Ciudadanos se queda fuera del Parlamento en Galicia y en el País Vasco. Su cúpula tiene que aprender que España no es un eje Madrid-Barcelona y un conjunto de comunidades en las que se puede improvisar.

Cada uno se consuela como quiere o puede en plena resaca electoral, pero la izquierda se ha repartido las migajas, devorándose los unos a los otros. A largo plazo, es un drama que no haya alternativas políticas que convenzan a los votantes, que unos vuelen plácidamente sobre las turbulencias del resto. Quizás algunos plantearon en sus propuestas hacer complejos nudos marineros. Pero con sus egos y batallas internas (gallegas y estatales) dieron la imagen de tener dificultades para atarse los zapatos.

Y el PP debe tener en cuenta que una victoria, por muy rotunda que sea, no es un cheque en blanco, un permiso oficial para incumplir las promesas.

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