¿Son todos los pactos igual de democráticos?

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

«El PSOE y En Marea vetaron debatir de pactos aduciendo que no interesan. El PP propuso tratar el asunto por los problemas en la investidura y el BNG y Ciudadanos no pusieron problema». Con ese titular informaba La Voz hace tres días de los pormenores de la rotunda negativa de En Marea y el PSdeG a hablar sobre los pactos poselectorales en el debate a cinco que el lunes se celebró en la televisión pública gallega. Como el veto de En Marea y PSdeG a hablar de pactos prueba que ambos creen que hacerlo les perjudicaría -única explicación a su negativa a que el asunto entrase en el debate- la pregunta es evidente: ¿Por qué Villares y Leiceaga están convencidos de que sus posibilidades de gobernar conjuntamente exigen mantener un silencio sepulcral sobre los pactos que serían indispensables para arrebatarle el Gobierno a quien según todas las encuestas ganará con claridad las elecciones?

Esa pregunta, tan fundamental, lleva ya implícita, a mi juicio, la respuesta: los candidatos de En Marea y el PSdeG rechazan hablar de pactos porque saben que el que, en su caso, deberán cerrar, junto al BNG, para hacerse con la Xunta es de tal naturaleza que cada vez que se explicita anima a más votantes a impedirlo.

Enseña un conocido refrán: «Dime de qué presumes y te diré de qué careces». Otro parecido podría aplicarse a los pactos de que hablamos: «Dime lo que escondes y te diré qué te incomoda».

A la postre, la coherencia con los principios democráticos de cualquier pacto de gobierno poselectoral depende de tres criterios esenciales: la aceptación de la victoria del partido ganador; la distancia en votos y en escaños entre el primer partido y el segundo; y el número de fuerzas necesarias para desplazar del Gobierno al vencedor de los comicios.

Un pacto es claramente democrático si respeta la victoria del partido ganador. Y es tanto más democrático cuanta menor sea la distancia existente entre el ganador y el que pactando con otros viene a arrebatarle la victoria; y cuanto menor sea el número de partidos necesario para formalizar el acuerdo de gobierno. Villares y Leiceaga no quieren hablar de pactos porque saben que el que les dará el Gobierno tras el 25-S si el Partido Popular llega a perder la mayoría absoluta se aleja de un modo clamoroso de los tres criterios aludidos: el pacto burlaría la clarísima victoria de un partido que según todas las encuestas está al borde de la mayoría absoluta, daría el poder a otro partido situado a gran distancia del primero y pondría la Xunta en manos de un conglomerado de no menos de seis fuerzas políticas muy dispares entre sí: las Mareas (que son varias), Podemos, A Nova, Esquerda Unida, el PSdeG y el BNG. Por eso, lo que algunos llaman pacto de gobierno, sería solo una componenda.