Esa persona con la que compartes ascensor y es afable. El compañero del departamento que trabaja con calculada diligencia. La señora que te vende las entradas en el cine. El muchacho con el que te cruzas cada mañana mientras apaciguas la ansiedad trotando. Tienen una apariencia normal pero quizás no lo sean. Una joven de 18 años desaparece de su casa. Imposible comprender cómo se gestiona algo así. Cómo una madre se acuesta cada noche con esa losa sobre la existencia. Cómo pueden pasar las horas, los minutos y los días sin noticias. Cómo se rellena el vacío. Cómo se detiene la imaginación, ese bicho que te devora tan fácil. Una pareja se abre en canal mientras la Guardia Civil busca a la chica por los acantilados. Una vida expuesta en la chacinería de la opinión pública. Desconcierta el exhibicionismo. Esa voluntad explícita de compartir miserias íntimas. La familia normal va transformándose en la pantalla. Ya no es tan normal. Terrible aproximarse a la atmósfera de ese grupo humano devorándose. En qué cosas tan horribles puede degenerar el amor. Qué tipo de infierno puede ocultarse tras un seto de abelias. Ese seto que desde fuera parecía proteger una vida exclusiva e inalcanzable. Asfixia intuir cómo dos niñas han podido vivir en medio de esa contienda, alcanzadas por los misiles que ahora se narran en prime time. El terror de lo cotidiano. Produce más escalofríos. Induce a pensar que está más cerca de lo previsto. Que puede haber un psicópata al lado. Que puede ser el señor afable del ascensor. Que quizás atormenta al compañero del departamento. Hoy te pareció verle un rictus descompuesto. Qué sucede detrás de las puertas. Y por qué alguien empieza a contar lo que sucede mientras la Guardia Civil busca a su hija por los acantilados.