Entre las frases más célebres, y celebradas, de la vida autonómica gallega se encuentra la que Manuel Iglesias Corral pronunció tras la moción de censura que en 1986 descabalgó a Gerardo Fernández Albor de la presidencia de la Xunta. «Aquí pasou o que pasou», sentenció entonces el eximio jurista que, en su condición de diputado, había sido testigo de excepción de aquellos hechos.
Pues bien. Si hubiera que resumir la situación en que se encuentran las expectativas sociales y políticas sobre el futuro resultado de las elecciones del 25 de septiembre nada parece mejor que recordar el sabio apotegma con el que don Manuel demostró que, sin decir aparentemente nada, se podía decir todo. «Aquí pasará o que pasará» vendría ahora a sustituir al ya clásico «Aquí pasou o que pasou».
De la encuesta de Sondaxe que hoy publica este periódico cabe deducir que Alberto Núñez Feijoo tiene muchos números de la rifa para seguir en la presidencia de la Xunta, que volvería a ganar a pulso con una tercera mayoría absoluta tan difícil como meritoria. Y ello no solo porque Sondaxe le atribuye al PP los 38 escaños necesarios para ello (más uno a C’s, que podría venir en socorro de Feijoo), sino porque los restantes datos del sondeo van en la misma dirección: el PP supera en casi 20 puntos de estimación de voto a la segunda fuerza en liza (En Marea) y casi la dobla en intención de voto. Conserva, además, sus votantes del 2012 en un porcentaje (83 %) superior (Anova e IU: 76 %) o muy superior (PSdeG: 53 % y BNG: 37 %) al de sus competidores. Si a ello se le añade un dato que confirman desde hace años todas las encuestas -el muy superior conocimiento y valoración de Feijoo respecto de los restantes candidatos- a nadie debería extrañar que Feijoo vuelva a lograr el más difícil todavía. Ya no digamos si, como la encuesta del CIS apuntaba hace unos días, el actual presidente en funciones lograra volver a situarse con una mayoría absoluta holgada, por encima de los 40 escaños.
Sucede, sin embargo, que todo lo apuntado podría ser como el cuento de la lechera por la sencillísima razón de que con un sistema electoral muy proporcional (y el gallego lo es, al repartir muchos escaños por distrito) el que un partido con posibilidades reales para lograrla obtenga o no mayoría absoluta puede depender al final de que unos miles de votos caigan de uno u otro lado. Y es que, desde el punto de vista del Gobierno, 38 diputados lo son todo y nada 37.
Por eso es mucho más que un mero recurso retórico afirmar que «aquí pasará o que pasará». En Galicia, y con ciertas particularidades en toda España, se ha asentado un sistema de partidos por virtud del cual la derecha necesita obtener mayoría absoluta si quiere tener garantizado gobernar, se trate del Estado, las comunidades o los ayuntamientos. Ello significa, claro está, que sus competidores ganan prácticamente siempre que el PP no logra tener más escaños que todos los demás partidos juntos. Un sistema, este, tan desequilibrado que podría acabar por afectar a la identificación de millones de electores con una plasmación tan poco equitativa del parlamentarismo.