La mejor medida de la extraordinaria gravedad del momento que atraviesa España la da el hecho de que personas con probada agudeza en el análisis político y sobrado magisterio intelectual empiezan a considerar que la repetición de las elecciones es la mejor solución al bloqueo actual. Pese a reconocer la solidez de algunos de estos argumentos y la lucidez a la hora de exponerlos, yo no participo ni participaré nunca de ese criterio. Obligar a los españoles a acudir a las urnas por tercera vez en un año constituiría una verdadera catástrofe política de incalculables consecuencias. Entre otras cosas, porque lo peor de unas terceras elecciones generales es que abren la posibilidad de que se tuvieran que celebrar unas cuartas. Un escenario de abismo democrático que trascendería con mucho la situación de parálisis y dejaría herido de muerte el actual modelo político español. Justo lo que desean quienes quieren acabar con él.
Esa sería sin duda la hipótesis más probable si se repitieran los comicios, porque, aunque nadie duda de que el PP ganaría de nuevo, incluso con más ventaja, su progreso se produciría a costa de Ciudadanos, lo que impediría que ambas fuerzas sumaran una mayoría absoluta. Y, del mismo modo, un ascenso del PSOE implicaría un descenso de Podemos -o viceversa-, con lo que cambiarían los sumandos, pero no el resultado final: ausencia de mayoría absoluta y capacidad de bloqueo por parte de quienes desoyen la voz de las urnas y se niegan a que gobierne el más votado, aunque ellos sean incapaces de plantear una alternativa. De modo que, en lugar de rendirse ante el empecinamiento de quienes, con un desprecio absoluto a la democracia, les dicen a los ciudadanos que tendrán que seguir votando hasta que voten lo que ellos quieren, lo que toca es exigir valentía y decencia a los únicos que tienen en su mano apartar al responsable de esta embolia democrática.
Por si a alguien le quedaba alguna duda, Pedro Sánchez evidenció ayer su estrafalario concepto de la democracia. Después de impedir que gobierne un candidato con 170 escaños, anunció que él no se postula como alternativa. «Que quede claro», añadió con solemnidad. ¿Qué es lo que les ofreces entonces a los españoles, Pedro? En el PSOE todos saben perfectamente que esa posición no solo es impresentable y antidemocrática, sino que pone en riesgo el sistema. Pero prefieren callar para que Sánchez se hunda solo, antes que dar los pasos necesarios para poner fin al liderazgo de quien es ya un cáncer para España y para su partido.
El PSOE tiene procedimientos democráticos para desbloquear la situación. Si no lo hace, será responsable de todo lo que ocurra. Jaime Carner, ministro de Hacienda del segundo Gobierno de Manuel Azaña, pronunció en su día una frase que resultó premonitoria. «O la República acaba con Juan March, o Juan Marcha acaba con la República». Fue lo segundo. Hoy, cabría decir que o el PSOE acaba con Pedro Sánchez, o Pedro Sánchez acaba con el PSOE.