Hambre en Venezuela


Es difícil encontrar palabras para describir la desesperación cuando los que gobiernan no solo no responden ni de lejos a las expectativas sino que, día tras día, hacen que la vida sea un infierno. Resulta frustrante tener miedo a salir de casa para ir a trabajar, al colegio, al médico, a la compra o a cualquier actividad porque la inseguridad reina en las calles y tu país ocupa los puestos más altos en número de homicidios en el mundo -90 por cada 100.000 habitantes-, entre los que, obviamente, no se encuentran en guerra. Es complicado describir la impotencia, la rabia y el miedo cuando no se puede dar de comer a los seres queridos y solo tienes la opción de hacer muchos kilómetros en coche para cruzar la frontera con Colombia y adquirir lo que precisas. Mucho más difícil es entender cómo un país de generosa naturaleza, un país con recursos naturales, entre los que se encuentra el petróleo, es incapaz de garantizar los mínimos necesarios para sus ciudadanos. Pero eso es lo que sucede y viene sucediendo en Venezuela desde hace demasiados años.

Al margen de la nefasta deriva política iniciada por Chávez y su revolución bolivariana que ahora encabeza el títere Maduro, la realidad económica y social es tan absolutamente insostenible que no dejo de preguntarme cómo es posible que estos mangantes sigan ejerciendo el poder. Suerte que los venezolanos sigan creyendo en la democracia y sigan luchando con los escasos instrumentos legales que les quedan por expulsar a quien debería haberse marchado aunque solo fuera por vergüenza, porque en muchos otros lugares la reacción no habría sido tan pacífica. Pero la paciencia tiene un límite, el del hambre, y Maduro debería ser más que consciente de ello, porque el que juega con fuego acaba quemándose.

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