El cronómetro y el proyecto de Estado

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

31 ago 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Punto primero: dijese lo que dijese Rajoy en su larga presentación de programa, la sentencia estaba dictada. Ningún partido iba a cambiar su voto y ninguno lo va a cambiar. El no de la izquierda y los nacionalistas estaba anunciado, lo mantuvieron en sus reacciones iniciales, y todo indica que la investidura terminará como comenzó: fallida, con 170 votos a favor y ni uno más. Aunque Rajoy hubiese prometido suprimir los impuestos, regalar un coche a cada familia, vacaciones pagadas de 90 días y playas en las ciudades del interior, el rechazo estaba escrito. No se votará, por tanto, un programa de gobierno, sino la simpatía o la repulsa que provoca el candidato. Todo el ceremonial de investidura se convierte en un trámite «perfectamente prescindible», como diría el socialista Sánchez.

Punto segundo: Rajoy hizo lo que todos los presidentes que aspiran a continuar. Dibujó un país feliz, donde la economía resplandece, los rosales florecen, las gentes trabajan, las pensiones son seguras y somos la envidia del mundo. Gracias, naturalmente, a la salvadora política que él desarrolló. Cambiar esa política y a sus autores es condenar a la nación al aventurerismo. Dicho en otras palabras siempre aplicadas al gobernante: «o yo o el caos». De ahí que Rajoy no pida el respaldo para la investidura; pide un Gobierno estable, de cuatro años, e incluso los cuatro años pueden ser pocos para la colosal dimensión de la obra a ejecutar.

Punto tercero: es digno de elogio el afán pactista que Rajoy demostró, quizá inspirado por Rivera. Si no he contado mal, anunció siete acuerdos nacionales, que van desde el energético al pacto por la unidad y la Constitución, pasando por la violencia de género, igualdad de los servicios públicos, pensiones o educación. Se está convirtiendo en costumbre: todo lo que no se puede arreglar por decreto se intenta resolver con un pacto para repartir la responsabilidad. Después se cuentan con los dedos de una mano los que realmente se firman, pero anunciar mucho pacto queda muy bien y muy caballeroso como presentación en sociedad. Y, si hay quien compre, resuelve la falta de mayoría.

Y punto cuarto: me gusta el diseño de país de Rajoy. ¿Cómo no me va a gustar una nación de 20 millones de empleados, buena educación, alta tecnología, unida en su diversidad, eficiente, avanzada, llena de estímulos y oportunidades? Díganme dónde hay que firmar, gobierne quien gobierne. Pero está claro que esto de la política es muy complicado. Después de presentar un proyecto nacional así, siempre hay un diputado (creo que fue Errejón) que condena al aspirante porque solo dedicó un minuto y 43 segundos a la corrupción. Y así el cronómetro arruinó un proyecto de Estado.