Es lamentable. El nivel, digo. O sea, la situación en la que nos encontramos: propiciada por una clase política que no está a la altura de la ciudadanía, ni mucho menos. Van los ciudadanos muy por delante de la mayoría de sus políticos: teatreros, falsos, mendaces, interesados por lo particular, por el amor propio y no el ajeno. Les importa poco nuestro destino. El suyo, sí. Se mueven por impulsos particulares, egoístas y centrados en sus propias aspiraciones. No todos son así, afortunadamente, pero las imágenes que propician estos días de investidura en proceso, por llamarla de algún modo, resulta angustiosa. Ya no se puede caer más bajo. O tal vez sí, nos lo recuerdan también los aplaudidores profesionales, especialistas en el abrillantado del zapato del poder, siempre inclinados a este o aquel señorío político: ciudadanos que en las tertulias de Madrid han encontrado su pesebre. De derechas o de izquierdas, aquiescentes siempre con el pastor de su rebaño. Quizá por eso en estas ocasiones puntuales de la historia del periodismo, uno agradece especialmente el privilegio de escribir en un periódico no adscrito al dictamen de una facción dirigida y dirigista, sino al uso del sentido común y la verdad.
Porque no se salva nadie, para qué engañarnos. Rajoy ya debía haber preparad sus maletas hace tiempo (y Barberá y Arenas y Villalobos y Fernández Díaz y?). Sánchez tendría que haber presentado su dimisión el mismo 20 de diciembre y, si no, el 26 de junio. De Rivera me harta su palabrería huera y sus aires de salvapatrias. De Garzón, su bucólica Arcadia imposible y esa superioridad moral con las que nos dan lecciones, aún hoy, los comunistas. De Iglesias, en realidad, me harta todo. Quedan las mareas, pero si sigo escribiendo de ellos y ellas, quizá llegue a la conclusión de que no lo merecen. Resulta paradójico que el encantamiento que Yolanda Díaz sufría con Beiras, persona y personaje a un tiempo, se haya transmutado en deslealtad, dijo el político que «se va a dejar la piel» en la campaña del juez que ha cambiado la toga por el tocado político. Las mareas. Juntos, revueltos y dispuestos a ser como Midas, pero al revés: estos no convierten en oro lo que tocan, como bien saben en Santiago, Ferrol y Coruña.
Concluyo para dar respuesta al título de esta columna. No nos los merecemos, sin duda. Falta altura de miras pero, sobre todo, falta capacitación para salir del minifundismo de las taifas partidistas e instalarse en el interés general de la ciudadanía. Importa la propio, no lo ajeno. El bien individual, no el colectivo. Nunca España ha sufrido una generación de políticos tan nimia en lo intelectual y tan hábil, eso sí, en el manejo de formas y estrategias y entremeses de ocasión. Lo han convertido todo en una actuación con guion cambiante. No los merecemos. Porque detrás de nosotros están los que vendrán: la Galicia y la España que dejaremos. No pinta de azul, en el futuro, el cielo.