El «burkini»


Playa en un complejo hotelero de Aqaba, al sur de Jordania. Una tórrida tarde del mes de julio, con una temperatura superior a los 40 grados y una humedad relativa del 100 %. Embutida en un casto bañador negro y sintiendo, no sin cierta satisfacción, las miradas reprobatorias de un grupo de mujeres cubiertas de pies a cabeza y atrincheradas bajo un par de sombrillas al lado de la piscina, me dirijo hasta la orilla del mar. Me sorprende el casi imperceptible oleaje, como también la ausencia de algas, moluscos y peces.

Me introduzco en el agua y disfruto dando unas brazadas hasta que unas voces llaman mi atención. No muy lejos de donde yo me encuentro, una zona acotada con boyas, veo a un par de chicas intentando subirse a una tabla de windsurf. Sorprendente por el poco viento, por el lugar y por las protagonistas. Algo llama mi atención: van vestidas de cabeza a pies con algo que, en la distancia, me parece un traje de neopreno. A medida que se acercan me doy cuenta de que es un bañador, el denominado burkini. Inicio una pequeña conversación. La chica más sociable me confirma que son de Arabia Saudí, que están de vacaciones y que pronto comenzará sus estudios de Arquitectura. Mientras se aleja caminando con dificultad, no puedo dejar de pensar que es igual que cualquier chica occidental con ganas de divertirse y planes para el futuro, un futuro que tendrá que vivir embutida en una cárcel de tela y diseñando edificios que no podrá construir jamás. Como tampoco podrá sentir el calor del sol ni la brisa marina sobre su piel. Eso no es religión: solo ignorancia y temor disfrazados de una piedad que solo somete al perverso yugo de quien se cree en posesión de la verdad. Si desaparecieran estos inútiles retrógrados no habría burkinis y sí un futuro de verdad y en libertad.

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El «burkini»