Amo Galicia

Fernanda Tabarés
Fernanda Tabarés OTRAS LETRAS

OPINIÓN

14 ago 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Aquel olor ácido que se instalaba en la ciudad a finales de agosto cuando el aire se volvía tan espeso que al salir a la calle te tambaleaba  era por los incendios. Supiste después que eso era algo malo pero hasta entonces había algo agradable en aquella atmósfera que sabía a verano y vacaciones. En Ourense, los incendios llegaban siempre, como si fueran cosa del ritmo inevitable con el que actúa la naturaleza. Muchos días se instalaba en las colinas de las afueras una corona de un rojo brillante espectacular que al anochecer convertía el hoyo urbano en una caldera magnífica. Esos días las conversaciones se centraban en el fuego y en las casas la ropa limpia se escapaba de los tendales para evitar las marca oscura de las muxigas que pintaban las sábanas blancas como si fueran las cicatrices que te deja una batalla. Muchos años después los incendios ya no son el suceso inevitable de cada verano sino un gran fracaso. En temporadas terribles como aquella del 2006 han sido además el combustible de la mala política. Miles de personas parecen dispuestas a empuñar una cerilla y convertirla en un artefacto de destrucción masiva. Llevamos décadas teorizando sobre las raíces de nuestra piromanía, una patología crónica que desvela ciertos problemas de autoestima y una relación extraña con lo que somos y el sitio que habitamos. Ayer, la Guardia Civil detenía a una incendiaria de Cerceda. Se le encontró un arsenal. Armas sofisticadas para sembrar el pánico entre la población y forzar su desalojo. Pertrechos terribles. O sea, un montón de mecheros entre los que sobresalía uno con una inscripción reveladora: amo Galicia. Para honrarla recorría el monte salpicándolo de velas encendidas. Una forma de convocar a los espíritus de lo que también somos. Saturno devorando a sus hijos.