La opinión pública y sus efímeros protagonistas ya han determinado que la tarea más importante que tenemos es evitar las terceras elecciones. Y sobre tan equivocada conclusión se ha desencadenado un vendaval de posibilismo en el que todos los movimientos parecen inteligentes y patrióticos, y en el que ya se acepta que es más importante cerrar con éxito cualquier investidura que analizar su nivel de gobernabilidad y las consecuencias del pasteleo.
Pero es evidente que, por más que se jure lo contrario, los líderes de la nueva política no han programado sus movimientos para gobernar esta España, ni para asentar un nuevo modelo, de amplio consenso, en el que tengan cabida las ideas cardinales de nuestro mundo: democracia, UE, liberalismo y bienestar. Porque están convencidos de que, si no consiguen desalojar al PP en este envite, y aprovechar los primeros años de poder para tumbar este sistema y hacer otro a su medida, no van a disfrutar de nuevas oportunidades. Y en esta cábala ya han ingresado Ciudadanos, cuyo líder hace todos sus regates en corto, y el PSOE, al que Sánchez ha convencido de que no volverá a pisar la Moncloa si no va acompañado de todos los satélites y asteroides del universo populista.
El sistema político -como todo sistema- es un conjunto de elementos interdependientes en equilibrio dinámico, por lo que, si se altera uno de dichos elementos, se desequilibra el conjunto y merma su funcionalidad. Y esa es la razón por la que Rajoy debería imponerse a sí mismo dos líneas rojas -¡con perdón!- infranqueables: no asegurar la investidura a costa del sistema; ni aceptar un Gobierno atado de pies y manos que acabe creando, mediante su propio desastre, las condiciones objetivas para una nueva revolución.
Con las irreflexivas exigencias de Rivera, el sistema del 78 va a quedar seriamente desajustado, muy alejado de nuevos y razonables consensos. Y con el cerco de Sánchez, que solo se moverá un ápice para disimular sus responsabilidades, se están poniendo las bases para que el Gobierno popular, en vez de ser desplazado por una honrosa alternancia, sea desahuciado de la Moncloa por su horrísono colapso. Pero mucho me temo que, en las actuales circunstancias, solo Rajoy dispone de perspectiva y experiencia para entender este argumento, y para sacrificar sus intereses y ventajas tácticas en el intento de evitar el desastre. Los resultados que obtuvo el PP el 26J lo comprometen seriamente con el futuro de España y del actual sistema. Y eso le obliga a jugar fuerte y rápido, y con máximo coraje e inteligencia. Porque si él no tiene cuenta del recado, y se pliega a las exigencias del populismo y el postureo, vendrán días muy amargos. Y además, lo creo sinceramente, Mariano Rajoy ya se merece un lugar en la historia, que es algo más importante que prorrogar un mandato en agonía.