Después del fracaso del golpe militar y la represión subsiguiente, una vez acabados los disidentes de la justicia, la enseñanza y el ejército, en total unos seis mil, el presidente turco debe decidir el rumbo a seguir de la nación otomana. Puede decidir ir hacia el occidente europeo, el oriente asiático o el medio oriente musulmán. La decisión que tome estará condicionada por factores geopolíticos y geoestratégicos muy importantes; un error en el principio puede significar un desastre para varias generaciones, por eso Erdogan debe cuidar su decisión y prever sus consecuencias.
En primer lugar, Turquía tiene un pie en Europa (Estambul), pero es vecina de Rusia en el Mar Negro, a la vez que controla el estrecho de los Dardanelos, mientras que posee una larga costa en el Mediterráneo oriental y además es de mayoría musulmana, lo que la liga a una gran comunidad de creyentes de más de mil millones de personas.
En segundo lugar, Turquía ha sido y es un fiel aliado en la OTAN, de lo que los turcos están muy orgullosos y gracias a lo cual son bien considerados por los países occidentales. España está en tratos para construir dos barcos de asalto anfibio y nuestros soldados defienden el aire turco con una batería de misiles Patriot allí desplegada. Por estos y otros factores, Erdogan tiene que aclarar el futuro de Turquía.
Pero Erdogan se encuentra con dificultades en el interior del país, tiene que combatir a tres enemigos que están dispuestos a derribarlo con ataques terroristas y no van a parar: La organización terrorista del clérigo Gulen Fetulá, el partido de los trabajadores (PKK) y el Daesh. Con todos ellos tendrá que luchar, y para ello necesita de los apoyos de sus aliados.