Antes uno conocía a una chica el fin de semana. Y pretendía quedar con ella días después. Llamaba al teléfono de su casa. Atendía su padre, siempre su padre. Voz malhumorada. «¿De parte de quién?», preguntaba con tono de pretender atemorizar. «¡Neeena, que te llama un tal Javier!», escuchabas de fondo. «¡Hola!», saludaba ella, mientras se volvía a escuchar la voz amenaza: «¡No te enrolles que tengo que hacer una llamada!». La chica se las ingeniaba para estirar el cable del teléfono a la habitación contigua. Ahí arrancaba algo parecido a una conversación íntima.
Esta secuencia resulta risible hoy. Un joven puede echarse una novia sin tener que hablar con sus padres nunca. Y estos no tener ni la más remota idea de lo que hace su hija. Es más, los tortolitos pueden estar conectados 24 horas el día, verse las caras cuando quieran e incluso retransmitirse con un chat. Los mayores se hacen una idea. Pero no hay tiempo para estar a al última. Hasta que un día intentando hacer algo parecido a la comunicación las niñas no hacen caso, absortas en su teléfono. Quemada, la madre mira. Y se encuentra un pene en la pantalla. El resto ya se conoce: «¡Ni periscope ni hostias!». Es el video viral de esta semana
Esa mezcla de cólera e incomprensión refleja algo que ocurre a diario en cientos de hogares. Padres a los que les desborda la sobrecomunicación de sus hijos, con los que no pueden hablar del modo tradicional mientras los ven ausentes. Padres que tuvieron hacer llamadas como la antedicha y que se sienten como llega de otra era muy lejana.... que no hace tanto que pasó.