Por si no hubiera ya suficientes problemas en el mundo, el alcalde de Santiago parece decidido a incrementarlos. El programa de las fiestas del Apóstol diseñado por Compostela Aberta ofreció este lunes un espectáculo callejero en la puerta misma de la iglesia de San Agustín, titulado Estado de gracia. Lo protagonizaron dos mujeres que poco a poco fueron despojándose de sus ropas, una especie de tul, hasta quedar completamente desnudas. En la actuación también participaron unos niños muy pequeños, a quienes las protagonistas del show arrullaban en el regazo. Las actrices también mordían y arrojaban al público unas manzanas que estaban colocadas en las cornisas inferiores del templo.
Que se gaste dinero público en un espectáculo de dudosa calidad artística ya da para muchas reflexiones. Que se utilice a menores de edad, desnudos, en una actuación de este tipo es algo serio. Pero, en mi opinión, lo más triste y peliagudo de toda esta historia es el afán de provocación que la envuelve: ¿a qué viene hacer este espectáculo delante de una iglesia? La tolerancia y la libertad de expresión no justifican las provocaciones de esta clase que desde la órbita de Podemos y grupos afines se vienen haciendo en los últimos meses. La leña seca del odio, el fundamentalismo y la locura solo necesita de un fósforo para arder. Y esto no es patrimonio exclusivo del yihadismo islámico, porque fanáticos y locos los hay en todas partes. Luego no nos lamentemos.