Hay artículos que salen rápido, eléctricos e informales. Otros arrancan en cráter, un agujero que se engrandece minuto a minuto, y no acaban de reventar sobre las teclas del ordenador. Este es uno de esos artículos. Esperé por él tumbado en el sofá, contemplando las noticias y los noticiarios. Luego leyendo laboriosas cavilaciones. Escuchando tertulianos, causas y remedios. No faltó la sinrazón. Tampoco los iracundos que bramaban sus verdades esenciales, absolutas e infalibles. Yo me preguntaba qué podía hacer. De qué podía escribir. Qué puedo aportar, insisto, a las páginas del periódico. Ya vendrá, me decía. Llegará el artículo como cada día y en pocos minutos lo envío a redacción. Fallé en el pronóstico. El artículo no llegaba porque no sabía de qué escribir ni qué añadir a todo lo que se dice y escucha. De repente, vi que entre las comisuras del mar de Niza salían lágrimas. Tuve esa certeza. Lloraba el mar, como los transeúntes que en brazos corrían con sus hijos por el paseo marítimo. Era el rostro de la tragedia, otra vez: los niños muertos.
Por eso escribo esta columna. Con una sola palabra en el título: bailando como un funambulista sobre la cuerda floja de la tristeza. Porque yo no sé reflexionar sobre las causas de todo esto. No llego a alcanzarlas. Y tampoco vislumbro ningún remedio, como hacen conspicuos analistas mucho más versados que yo en asuntos terroristas. Yo ignoro el porqué de tanto dolor. Es inútil. Y no lleva a ningún cielo, los guerreros de la yihad debieran saberlo. Más allá del dolor solo hay dolor. Cuerpos destrozados y el mar en duelo de Niza, ayer. Otro día quizá el camión esté aún más cerca de nosotros. Puede ser en cualquier lugar y a cualquier hora. Han logrado lo que querían: vivimos con miedo. Y así no se puede vivir. Quizá sea inútil la política e inútiles los políticos. Se ha instalado el fanatismo en el mundo y ha venido para quedarse. No hay manera de resolverlo ni de borrar con goma la tinta de sus ofensas. Seguirán porque alguien les ha prometido el cielo. Pero su cielo es mentira. Porque detrás de los cadáveres solo quedan cadáveres. Restos, despojos, nada. Más allá de los cadáveres está la impotencia. El dolor. No conduce a parte alguna. Estoy harto de escuchar que el dolor ennoblece. Harto de que me digan que tras el sufrimiento viene la recompensa. Harto de esta sociedad de hedonistas que, paradójicamente, ha enaltecido el dolor. Quizá nunca se ha sufrido tanto. Y no porque no tengamos remedios para enfermedades y otros padecimientos, sino porque vivimos asustados. Pensando que los fuegos de artificio del jueves por la noche, en Niza, pueden ser los nuestros. Y nuestros el restaurante de Bangladés, o la playa de Túnez, o las calles de Bagdad, o las baldosas de un mercado de Estambul.
Es el dolor. Sin más. Desnudo como el título de esta columna. No sé ni qué decir ni qué hacer. Solo sentarme sobre la lumbre del desconsuelo. Soñando el mar abatido de Niza, negro. Aún no ha dejado de llorar.