El PP se «sorpassa» a sí mismo

OPINIÓN

En el momento más crítico de la historia del Partido Popular, Mariano Rajoy acaba de dar un golpe de autoridad que, puesto en el contexto de la crisis, del acoso mediático a su persona y del discurso populista que quiso presentar su temple como un pasotismo irresponsable, es un triunfo impresionante.

Su resultado -10 puntos y 52 escaños sobre el PSOE- no solo le permite exigir su derecho a gobernar, sino obtener las rentas añadidas de mantener al PSOE a la baja -segundo récord de desastres batido por Sánchez-, acentuar el fracaso de Podemos e IU -¡los dos juntos!- en su intento de adelantar al PSOE, poner en su sitio a C‘s y al inconsistente líder que lo vetó, poner en apuros las coaliciones locales y regionales de la izquierda aglomerada, y, sobre todo, pinchar el globo de las nuevas políticas y frenar el proceso de desintegración del mapa político español. El bipartidismo empieza su regreso. Y si el PSOE no cae en la imprudencia de montar un aquelarre independentista y podemista contra el PP -que ahora sería locura- España volverá a ser gobernable, mediante la alternancia entre PP y PSOE, y sin una revolución populista que eche por tierra el proyecto de país que entre todos hemos sostenido.

Como una pedrea inesperada, a Mariano Rajoy también le cae en su cesta la derrota de los nacionalismos vasco y catalán a cargo de Podemos, el ridículo de los discursos republicanos e independentistas tipo BNG, y el conjunto de predicadores, editorialistas y persuasores que quisieron derrotar a la derecha a base de despreciar el país y de convertir su historia, su cultura y sus éxitos en una horrenda y maloliente catástrofe. La posibilidad matemática de un asalto a la Moncloa mediante una coalición de políticos okupas aún existe. Pero no me parece posible que el PSOE se avenga a semejante esperpento, ni que Iglesias esté dispuesto a gobernar humillado, ni que la opinión pública siga aceptando que en nombre de acuerdos de circunstancias se pueda llenar de trampas y celadas el futuro de este hermoso país.

Mis últimas palabras son para el pueblo español, a quien tanto espoleé -casi en solitario- demandando su intervención en el desbloqueo, exigiéndole racionalidad en su voto, pidiéndole que no echase por tierra la experiencia de cuarenta años de democracia, y recordándole que en todo régimen democrático también el pueblo tiene que asumir sus responsabilidades. Y he de reconocer que fue el pueblo, de verdad, el que estuvo a la altura, y que, después de un tiempo de devaneos y desahogos, llegó a la conclusión, en el justo momento, de que tenía que moverse, y de que no puede haber una nación grande sin un pueblo inteligente. Fue duro este trayecto, pero lo hemos cerrado bien. Y no porque haya ganado el PP de Rajoy, sino porque la empresa común de gobernarnos recobra su racionalidad y su esencia.