Alguna cosa


Como un nubarrón oscuro y denso aparecen en la recta final de esta campaña electoral las conversaciones del ministro Fernández con el responsable de una oficina antifraude que ni Rajoy sabía que existía. Un nubarrón que proyecta sombras alargadas y algo tenebrosas pero que, en el fondo, quizás no contribuya a variar mucho lo que vaya a pasar el domingo. Es lo malo de la sobreactuación y de la dudosa oportunidad de airear en tiempo de contienda cosas que por lo visto sucedieron hace tiempo y alguien conocía. Y tampoco hay que despreciar, si alguien está evaluando las consecuencias que pudiera tener en el resultado de las elecciones, esa especie de plus de resistencia que parece tener el PP a las cosas feas que a lo largo de los años le han ido salpicando.

A la espera de que se conozca si lo que sugieren las conversaciones es lo que realmente sucede, el asunto es ciertamente inquietante Y lo es por el retrato que hace de una forma de hacer política que solo contribuye a alimentar el desánimo de los muchos ciudadanos que el domingo aún harán otro ejercicio de candidez para ir a votar pensando que no todo está perdido. Sabiendo que el juego sucio está presente en la política y acumulando una amarga experiencia de que uno u otro acabará metiendo el pie en la ponzoña.

La propia manera de expresarse del director de esa agencia hasta anteayer desconocida refuerza la certidumbre de que existen caminos en los que hay que taparse la nariz. «Me pidió que le diera alguna cosa», dijo refiriéndose a otro encuentro con Albert Rivera cuando le preguntaban por los que mantuvo con el ministro del Interior. Se conoce que todos suponen que él maneja alguna cosa. Alguna cosa turbia.

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