Lepanto en París


Las dos golpean la pelota con la muñeca del mejor cortador de jamón, pero como si lo que estuviesen agarrando fuese la pata del jamón, no una raqueta. Fuerza y talento. Las dos son ganadoras. Las dos son dominantes. Tenis de muchos decibelios. No entienden otra manera de jugar. Saben que tienen la voz de Sinatra, salen a la pista y se ponen a cantar. No dan vueltas ni rodeos. Lo de ellas no es ganchillar. Ni la paciencia. El tenis de Garbiñe Muguruza y el de Serena Williams es explosivo. Saben que la pista es un ring. A las hermanas Williams, su padre las entrenaba como a los caballos del Grand National. Veinte golpes ganadores, un terrón de azúcar. Así crecieron y se hicieron duras como el acero. No saben perder. Pero Garbiñe juega a lo mismo. Será esa explosión de sangre que tiene en sus venas. Española, venezolana. Vasca, catalana. Pero la chica peleó en París como Serena, sin los nervios del primer combate en Wimbledon. Mucho más de igual a igual. De winner a winner. Se pegaron unos raquetazos sin piedad como los del debate entre Albert Rivera y Pablo Iglesias. Como en esa arte marcial que se llama tudo vale. Pero ganó nuestra Garbiñe porque le perdió el miedo al mito. Si Serena sacaba fuerte, Garbiñe homenajeaba a Mohamed Alí y le devolvía un resto que era una multiplicación. Un guantazo. Así hasta el globo final que se enganchó en el cielo y que nos hizo dudar a todos, a Garbiñe también, hasta que la pelota besó la pizarra por la parte de dentro, la del triunfo. La de entrar en la historia. 21 títulos españoles ya en Roland Garros. Fue una final a cañonazos y un tenis tan bello y tan salvaje que, cerrabas los ojos y, no sé por qué, te hacían pensar en Ava Gardner.

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