Si del debate de las cuatro mujeres sobresalió algo, además de demostrar que Arrimadas está muy por delante, es la incoherencia que se está armando como una de las claves políticas recientes. No solo por pensar hoy algo y al día siguiente defender lo contrario, sino por intentar demostrar formalmente aquello con lo que no comulgas. Es curioso que en la vestimenta que eligieron las cuatro se repitió en modo bandera el rojo y el azul. El rojo para Arrimadas y Robles, y el azul para Levy y Bescansa, en un juego bicolor que podría llevar a pensar que fluye alguna sintonía en común entre quienes lucen esos tonos. Pero, según cuenta Mar Castro, experta en comunicación no verbal, nada más lejos de la realidad. A Levy, dice ella, le sobró la camisa vaquera, por ser demasiado sport y alejarla mucho de la imagen de su partido, y a Robles, esa dureza magistrada de tratar a sus rivales de «usted». A Bescansa los nervios le hicieron bailar los pies para arrogarse en una sutileza monjil muy a la contra de las consignas de su partido con el fin de suavizar su mensaje. Así que la única que mantuvo mejor el tipo por coherencia -también estética- fue Arrimadas, mucho más resuelta y espontánea en la expresión. Porque otra cosa que evidenció el debate es que por mucho que hablen y comuniquen, conexión, lo que se dice conexión con la gente no tienen. Para eso es necesario ponerle a lo que cuentas emoción.