Ni los militantes ni los votantes del PSOE se merecen que el centenario partido que fundó el tipógrafo ferrolano Pablo Iglesias esté hoy liderado por un político de ínfimo nivel cuya mayúscula ignorancia y absoluta impudicia ponen en ridículo, un día sí y otro también, a una fuerza hoy embarrancada en la coyuntura más difícil de su reciente historia democrática.
Un diario de Madrid acaba de publicar una información que pone los pelos como escarpias: las cartas de recomendación que, destinadas a facilitar que un empresario hispano iraní, Farshad Zandi, de reputación más que dudosa, se hiciera con el control de un yacimiento de petróleo, envió Felipe González a los presidentes de Sudán del Norte, Omar Al-Bashir, y Sudán del Sur, Salva Kiir, ¡seis meses después de que la Corte Penal Internacional dictara una orden de arresto contra el primero por crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad!
González se mueve desde hace años por el filo de una peligrosísima navaja en su actividad como lobista y ha terminado, al fin, por darse un tajo irreparable en su credibilidad. Un tajo de tal gravedad que su desdoblamiento entre el Doctor Jekyll del lobismo y el Míster Hyde de mitinero socialista ha terminado para siempre de la peor manera imaginable.
Es explicable, por eso, la visible turbación que asaltó a Pedro Sánchez cuando fue preguntado por un terrible episodio que afecta aún más a la ya maltrecha reputación de su partido. Lo incomprensible es su contestación disparatada: «Solo sé que Felipe González trajo la democracia a este país», dijo Sánchez como si nada, ignorando lo que conoce todo el mundo: que nuestra transición triunfó gracias al esfuerzo no solo de muchos dirigentes, algunos procedentes del franquismo y otros muchos de la oposición, sino también del propio pueblo español, que actuó entonces con una madurez, sentido de la responsabilidad e inteligencia colectiva que provoca hoy general admiración. Sánchez, que también atribuyó al PSOE ¡la ley de divorcio de UCD!, podía haber señalado otros méritos importantes de González, que los tuvo, sin quedar en evidencia con una sandez que demuestra -de ahí su gravedad- la falsa idea extendida entre los dirigentes más sectarios del PSOE: que a él se le debe todo lo bueno ocurrido en España desde 1977 hasta el presente.
Para completar su faena memorable de estos días, el candidato socialista (¡cómo tal nominación ha llegado a producirse!) apoyó que el PSC se manifieste contra la suspensión por parte del Tribunal Constitucional de leyes catalanas (es decir, contra el ejercicio legítimo de sus funciones por uno de los más altos órganos del Estado) y promete someterse a una cuestión de confianza tras llevar dos años en la presidencia si llega a la Moncloa, demostrando así que desconoce por completo el sentido que a esa cuestión atribuye nuestra ley fundamental.
Si, como anuncian las encuestas, Sánchez pierde y, tras su derrota tiene que marcharse, sería muy bueno para él que dedicase una temporada al estudio y la lectura. Le evitaría decir tantas tonterías e incluso, ¿quién sabe?, podría llegar a resultarle entretenido.