Los partidos políticos se comportan a veces como un disolvente. Cogidos de forma individual, cada militante tiene su forma particular de entender el mundo pero cuando el partido los reclama el pensamiento individual se diluye en un proceso de alienación inexplicable. Había militantes destacados del PP que abjuraban de aquella reforma fundamentalista de la ley del aborto que promovió Gallardón, pero casi ninguno se atrevió a proferir en público lo que bramaban en privado. Este proceso de disolución de la persona en la masa acontece además con asuntos medulares. Se entenderían renuncias en desacuerdos menores, pero dejar de mirar para uno mismo cuando lo que se ventila es el concepto mismo del mundo que se habita solo se entiende bajo la enajenación que los partidos promueven y que sus militantes acatan con la sumisión de un cordero que de pronto se queda en silencio. Es el proceso que mantiene callados a los del PSOE que no entienden el empeño sospechoso de este partido por pasar de puntillas sobre el accidente del Alvia. Todas las dudas que planean sobre las causas del siniestro acaban de convencer a la Audiencia de A Coruña para que se siga investigando, por eso resulta tan ominosa la estrategia cómplice de PP y de PSOE en un asunto que no solo le costó la vida a ochenta personas y que pone sobre la mesa el uso que la política hace de la gestión pública con fines electorales. El tren de Angrois era conocido como «el Frankenstein», un engendro construido con piezas de aquí y de allí con apariencia de tren pero un alma monstruosa. Hay suficientes indicios para que cualquier persona de bien quiera saber si el accidente se pudo evitar. Los que quieran información tienen dónde localizarla. La facilita Pablo González en estas páginas y está relatada en el documental Frankenstein 04155. Me pregunto si los diputados que se han opuesto a la investigación parlamentaria lo han visto. La alienación no les servirá como excusa si al final se demuestra que las cosas se hicieron mortalmente mal.