Pecados bíblicos

Luis Ferrer i Balsebre
Luis Ferrer i Balsebre EL TONEL DE DIÓGENES

OPINIÓN

Escucho las declaraciones del señor Marjaliza desvelando el circuito y la estrategia de los muchachos de la Púnica y se me abre el sentido recordando lo que vivimos en los felices años de la burbuja o más bien de la época del globo colectivo.

Tenía tanto dinero que le dio miedo y lo escondió en Suiza. ¿Miedo a qué?, ¿al robo, a que se lo vean, a que se lo merme Hacienda? No, ese miedo es el castigo que esperaba su sentimiento de culpa y escondía el pecado como Caín la quijada. Solo un pecado capital es capaz de hacernos caer en esa trampa bíblica: el placer de la codicia y la venganza de la envidia.

Paseo por una Salamanca dorada disfrutando de las alondras, el verde seco y el aire churrigueresco de sus cipreses. En la puerta de un local moderno de esos que llaman coworking -híbrido de tetería, salita de estar y biblioteca- se fijaba un cartel que decía: «Nos gastamos el dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos para impresionar a gente a la que no interesamos». Apabullante.

Algo de este orden le pasó, tanto a la banda merengona y sus adláteres como a todo el resto del país.

Que la gente gastó lo que no tenía comprando cosas que no necesitaba era obvio. A veces lo hacía para invertir y poder comprar más cosas; y otras veces para no ser menos en la escalada simétrica de codicias y envidias donde todos bailaban claqué.

Y también es cierto el afán de impresionar, pero no precisamente es al otro sino que es a uno mismo, a la imagen del espejo.

Fue una maldición bíblica, un becerro de oro, un desastre colectivo con deuda pública intratable.

Solo hay un antídoto contra la codicia: la ética y los valores, precisamente lo que se ha derrumbado.

En la época de la transición no había esta corrupción, Suárez vendió la casa para pagar el tratamiento médico de su familia. La corrupción es hija de la abundancia que alimenta la codicia.

El desequilibrio moral experimentado tras la última crisis solo lo puede estabilizar una vuelta a la espiritualidad; pero las religiones también se han derrumbado, no hay ideologías sólidas, todo es líquido. Con este panorama, algunos recalan en la filosofía zen, el mindfulness o el yoga; otros reinventan la tribu-comuna con cría compartida de los hijos, dieta vegana y esponjas menstruales.

Los más asertivos construyen una mística a la carta a través de la ecología, la nación y las banderas. Pocos caen en la cuenta de que está todo inventado y que lo más útil es rebuscar entre los escombros del edificio cultural que hemos dinamitado. Otra Alejandría quemada.

Somos así.