Leo a Milena Busquets que dice, con toda la razón y el corazón, que el año empieza en primavera. Nada de primero de año. Y menos todavía en ese espantoso septiembre de comienzo de curso. El año, de verdad, el que nos eriza la piel y nos despeina despega en primavera. En la versión catalana de Milena Busquets, el 23 de abril, con el san Jordi. En la gallega, salimos a la calle todavía empapados de lluvia en abril y nos los creemos de todo con la Ascensión de Santiago y con o noso día das letras, este dezasete de maio do vizoso Manuel María. Pero el festival irá a más en junio. Ahí ya nos vendremos arriba del todo. Junio es el mes total. Y siempre parece que es un mes en el que nada malo te puede suceder. Sobre todo con esa noche de san Juan de broche genial, de llamarada. En enero estamos en el hoyo del invierno. Y en septiembre es un disparate, insisto yo y Milena Busquets, que pensemos que empieza algo. Lo explica ella muy bien: «¿Cómo va a empezar el año con la reunión de padres del colegio, con un grupo de adultos atractivos e inteligentes (que hasta ayer bebían gin-tonics al aire libre y solo se preocupaban de que los niños no cogieran una insolación), sentados en sillas diminutas, mientras una chica les cuenta con todo lujo de detalles el método educativo de cada materia escolar?». Ni en enero ni en septiembre empieza nada. Abril, mayo y junio son la felicidad, la línea de salida de las puestas de sol. La luz perfecta y las playas en san Juan ardiendo de emoción. El año comienza en la primavera, cuando la sangre se vuelve altiva. Es cuando todos tenemos treinta años, o lo parece. Y los corazones retumban en tamborrada, en un país en el que una mayoría, según el CIS, se declara contento y muy satisfecho con su vida. Por lo tanto, ¡feliz año!