Muy emocionado, con lágrimas en los ojos (mira que es propenso al llanto fácil), Pablo Iglesias se abrazó a Julio Anguita cuando este apareció, circunspecto como siempre, en un mitin de Podemos en Córdoba. Durante su intervención, Iglesias lo escuchó ensimismado, con indisimulada admiración, como el alumno aventajado y entregado cuando habla el maestro infalible que todo lo sabe. «¡Ahora o nunca!», proclamó el califa rojo al finalizar su intervención, en alusión a la oportunidad histórica que tiene Unidos Podemos en las próximas elecciones. Echenique terció: «Has hecho llorar al jefe de emoción». «Yo ya no puedo seguir», despidió el mitin el «jefe», una vez más haciendo pucheros. Iglesias asegura que consulta a Anguita todas las decisiones importantes que toma. Se nota. El inventor de la pinza ha rejuvenecido de golpe, ve en el joven líder podemita a su trasunto 2.0 y cree que el sueño que él nunca pudo cumplir está al alcance de la mano, el ansiado sorpasso a los socialistas, a los que siempre ha considerado el enemigo a batir. «Iglesias ha conseguido lo que yo quería, crecer a costa del PSOE», confiesa. «Es un rojo... Ha sabido adaptar las ideas de Lenin a las actuales circunstancias», asegura henchido de satisfacción. Es el «leninismo amable», como lo describió Juan Carlos Monedero. Es decir, el de toda la vida transformado ahora en proclamas vacuas como la gente o los de arriba y los de abajo. Anguita era y es demasiado transparente, se le entiende todo, presume de ser comunista; Iglesias es mucho más astuto y ha sabido vestir mejor el santo con el cuento de la transversalidad, que ya se ha acabado. Al final hemos descubierto que la nueva política que decía representar Podemos era Anguita. Acabáramos.