Matrimonio comanche

Fernanda Tabarés
Fernanda Tabarés OTRAS LETRAS

OPINIÓN

Si en lugar de aclarar su cabellera con oxígeno y contonearse más allá de la física Mae West hubiese impartido antropología en Berkley, la rubia sería hoy citada con la reverencia que se le profesa a los sabios. Confesaba la actriz que había estado sentada encima de más rodillas que una servilleta, pero también que lo que contaba no eran los hombres de su vida sino la vida de sus hombres. Mantenía una envidiable capacidad para dejar en pelotas la hipocresía de nuestra forma de vida, como cuando apuntó: «¿Para qué hacer sufrir a un hombre casándote con él cuando se puede hacer felices a muchos?» El decálogo de la West era sustancioso y de un sarcasmo refrescante: «Dame un hombre, una mano libre y él danzará a mi alrededor» o la famosa: «Cuando soy buena soy muy buena pero cuando soy mala soy mucho mejor». Es cierto que toda esta ironía refinada respondía en parte a un plan empresarial apuntalado en el escándalo, pero su independencia moral y esa franqueza mordaz aparecen enmarcadas mientras resuena el tantán de las tribus que esta semana convocó la catalana Anna Gabriel. A punto estuvo la de las CUP de perecer abrasada en la hoguera flotando con una manzana entre los dientes, después de haber proclamado que entiende la maternidad como un proceso grupal. De todas las chanzas que provocó, la más llamativa fue la de un ministro que se dice acompañado de un ángel que se llama Marcelo y que reparte medallas policiales a las vírgenes católicas. Fernández Díaz se puso a hablar de comanches con esa displicencia marciana que practica sin reparar en que, es cierto, para educar a un niño hace falta toda la tribu. Seguro que el modelo de familia que inspira a la diputada tiene fisuras, pero a la vista de todas las cositas que adornan la institución que despreciaba Mae West no sé si los defensores del matrimonio están para ponerse estupendos.