Un refinado juego de equilibrios


Pagaría algo por hacer de Diablo Cojuelo, colarme por alguna chimenea de la Moncloa y escuchar la conversación de Rajoy y Puigdemont. Digan lo que digan después en las ruedas de prensa o en las notas oficiales, tiene que ser una charla deliciosa. Se van a enfrentar un zorro viejo que las sabe todas y solo se altera cuando habla -e incluso cuando no habla- con Pedro Sánchez y un novato tan precavido que tardó cien días en celebrar su primera rueda de prensa como presidente catalán. Pero se van a enfrentar, sobre todo, un señor que trabaja para convertir a Cataluña en Estado independiente y otro señor que lleva años asegurando que Cataluña nunca será independiente y se niega a aceptar cualquier iniciativa que suponga la menor concesión al independentismo.

Puigdemont envió por delante un mensaje que dice que su objetivo es llegar a las puertas de un Estado propio en los próximos quince meses; que la independencia no es un capricho de su Gobierno, sino un movimiento transversal y mayoritario de la sociedad, y que ya está bien de judicializar la política catalana. Rajoy no hace falta que adelante ningún mensaje. Todo el mundo sabe que no acepta nada que no esté en las leyes; que el marco legal vigente es la única solución que contempla para Cataluña; que quien quiera otro marco inicie los trámites de reforma de la Constitución y que no es él quien judicializa la política; lo es quien viola la ley y fuerza a los poderes del Estado a defenderse ante el Tribunal Constitucional.

Será, pues, una conversación muy entretenida. Lo que ignoro es cuánto tiempo se dedicará al asunto esencial, porque Rajoy tratará de llevar a su visitante por el derrotero económico: para el poder central, Cataluña malgasta el dinero en proyectos soberanistas; Cataluña encabeza la rebeldía autonómica por el déficit; Cataluña está nuevamente en deuda -y nada menos que de doscientos millones- con los farmacéuticos; Cataluña no encuentra quién financie a la Generalitat en el mercado de deuda, y Cataluña no tiene una relación económica con el Estado marcada por la lealtad, sino la misma que usted y yo tenemos con nuestro banco. De hecho, no sé si fue Montoro o el propio Rajoy quien dijo en alguna ocasión que España es el banquero de Cataluña.

Como es el primer encuentro formal desde que hay una hoja de ruta para construir el Estado catalán, quizá sea el diálogo más delicado para ambos dirigentes: un refinado juego de equilibrios. Puigdemont no puede volver a Cataluña ni como conseguidor de un visto bueno para sus planes ni con un rotundo no que alimente el victimismo. Rajoy no puede quedar ni como un pasota ante el más serio problema del Estado ni como un intransigente que alimente la secesión.

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Un refinado juego de equilibrios