Supongamos tres cosas. La primera, que el 26 de junio haya elecciones, como sugieren todos los indicios. La segunda, que los pronósticos de las encuestas acierten y el resultado de las urnas requiera nuevamente un intento de pacto, porque nadie tendrá mayoría suficiente. Y la tercera, que los políticos que hablan (es decir, todos) estén diciendo la verdad. Si esas tres circunstancias se dan, el día 26 por la noche nos encontraremos con una situación tan difícil como la actual: sin otra salida que volver a las urnas. Y eso sí que ya sería la coña mundial.
Razones para tan acongojante destino:
1.º El posicionamiento de Ciudadanos contra Rajoy. Es un ataque personal iniciado por Albert Rivera en la fracasada investidura de Pedro Sánchez y que continúa en la actualidad. La estrategia consiste en ganar al votante del PP crítico con su presidente, que parece abundante. Pero el Partido Popular no está dispuesto a ceder su cabeza ni siquiera a admitir ese debate. Lo dijo ayer el ministro Margallo: «Abrir una guerra sucesoria en el PP sería poner en riesgo su estabilidad». Los últimos casos de corrupción animan a Ciudadanos a mantener su postura. Y, si la mantiene, no será posible la coalición PP-Ciudadanos, aunque sea la más razonable según los sondeos publicados.
2.º El electorado del PSOE no quiere pactos con el PP. Supongo que tendrán hechos sus estudios para decir que un pacto que mantenga a Mariano Rajoy y su partido en el Gobierno, rebelaría a las bases, irritaría a los votantes y el PSOE se rompería. Se lo escuché a todos los dirigentes con los que hablé en los últimos tres meses. Esa es la razón por la que Pedro Sánchez rechazó de entrada cualquier diálogo con Rajoy y, cuando no le quedó más remedio que hablar, la conversación sobre acuerdos se liquidó exactamente en dos minutos. Eso sí que no cambiará y volverá a ser un obstáculo para intentar la gran coalición.
Y 3.º Los efectos de una alianza Podemos-Izquierda Unida. Si se hace y consiguen sumar los votos de los dos partidos, Podemos daría el sorpasso, sería la segunda fuerza política y le quitaría la primacía al PSOE. Consecuencia: por supuesto, no habría gran coalición. Pero, además, Pedro Sánchez cedería a Pablo Iglesias la candidatura a la presidencia del Gobierno e Iglesias impondría las condiciones. ¿Va a aceptar el Partido Socialista ser gregario de Podemos? No creo que los históricos del partido acepten esa humillación. Para ese viaje se podrían aceptar ahora las condiciones de Podemos. Por lo menos el PSOE tendría la presidencia.
Vistas así las cosas, las elecciones solo arreglarán algo si se produce un milagro: un vuelco que dé mayoría suficiente a alguien, sea quien sea. Y solo hay uno con alguna posibilidad.