Entre lo que nos cuenta ese ejército de politólogos que en España han brotando últimamente como champiñones al calor del desmadre político, y lo que opina la calle, media un abismo. Frente a los que todo lo saben y nunca dudan, porque todo les parece obvio, están los que no ven nada claro el barullo político al que asistimos. Usted baja hoy a comprar el pan, y antes de llegar al súper se ha cruzado ya con varios politólogos que recitan letanías de tópicos como si fueran verdades inmutables. Frases como «los ciudadanos van a castigar en las urnas a los partidos que han impedido que haya un Gobierno» o «los españoles prefieren que se forme un Ejecutivo, el que sea, antes que repetir las elecciones», se escuchan ya hasta en peluquerías y tiendas de todo a cien. Según esa peregrina teoría, usted, por ejemplo, votó en diciembre al PP, pero como Rajoy no ha querido suicidarse y dejar que gobierne Pedro Sánchez, al que sacó más de un millón y medio de votos, usted va castigar al PP el 26J. O si usted votó a Podemos, como Pablo Iglesias no permitió que el PSOE gobierne con Ciudadanos, al que Podemos sacó otro millón y medio de papeletas, usted castigará a Iglesias. La tontería es de nota.
Al contrario que esa legión de Nostradamus, yo confieso que no tengo nada claro lo que van a hacer los españoles si hay nuevas elecciones. Entre otras cosas, porque nunca nos hemos visto en un cristo semejante. Prefiero dedicarme a analizar lo que han hecho los partidos. Y, a pesar de lo que nos cuentan, opino que si hay uno que va a tener dificultades en la próxima campaña, ese va a ser Ciudadanos. Albert Rivera ha jugado en este interregno el papel de muleta y Sancho Panza del Quijote Pedro Sánchez, atándose de manera temeraria al PSOE sin obtener finalmente nada a cambio. El resultado es que ha perdido la centralidad y ya no podrá repetir aquello de que no entrará en un Gobierno de Rajoy ni en uno de Sánchez, ni lo de que facilitará que gobierne el más votado, porque la gente se echaría a reír. Malamente podrá criticar Rivera ahora a un PSOE al que ha colmado de elogios y con el que estaba dispuesto a gobernar a toda costa, incluso con el voto a favor de Podemos. Y enterrado ha quedado también ese cuento de que el eje ya no es izquierda y derecha, sino lo nuevo o lo viejo.
El líder naranja ha hecho gala de una ingenuidad supina y ahora está obligado a ser un agente electoral de los socialistas, convirtiendo al PP en blanco único de sus ataques. Aseguran las encuestas sobre unas elecciones no convocadas que PP y Ciudadanos podrían alcanzar la mayoría absoluta. Pero tengo para mí que, al día siguiente de las elecciones, al primero que llamará Rajoy para formar un Gobierno de coalición no será a Rivera, sino a Pedro Sánchez o a quien sea el candidato del PSOE. Y si, como parece muy probable, esa gran coalición acaba saliendo adelante, a Ciudadanos solo le va a quedar sumarse a ella o perderse en la irrelevancia de ser el segundo partido de la oposición. Cosas de la nueva política.