Hoy, gran estreno: ópera bufa en el Congreso

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

Esta tarde, gran estreno. El viejo caserón de la Carrera de San Jerónimo, testigo secular de lo mejor y lo peor de la historia de España, se convierte hoy en escenario de una ópera bufa en la que tres actores simularán una negociación política durante una representación cuyo único propósito es entretener al personal para que no proteste. PSOE, Podemos y Ciudadanos se sientan en el Congreso supuestamente para pactar una solución al desgobierno de España, pero aunque el primero quiere que se besen, el segundo y el tercero no solo no se hablan, sino que se detestan y se insultan, como ayer demostraron Pablo Iglesias y Albert Rivera, que convirtieron el Congreso en una corrala y se lanzaron chismes y cotilleos de portera mentándose mutuamente a novias y cuñados. En esa comedia, a Pedro Sánchez solo le queda el esperpéntico papel de correveidile y fracasado alcahuete. «Pedro, dile a Pablo que si no apoya nuestro pacto y se va a la oposición, me levanto de la mesa». «Pedro, dile a Albert que si no se abstiene y nos deja gobernar, es un esbirro de Mariano». «Calma, chicos, calma». Y en ese plan.

Si las campañas electorales de quince días se nos hacen siempre largas, los dos meses entre la fallida investidura y la convocatoria de unas nuevas elecciones están siendo una tortura. Un carrusel de postureo que, además de salirnos caro, no nos conduce a nada. Nos queda el consuelo de que el bimestre sirva al menos para conocer las vergüenzas de los llamados partidos emergentes, de manera que, si hay que ir a nuevas elecciones, lo hagamos con conocimiento de causa. De lo viejo lo sabíamos ya todo. De lo nuevo, algo vamos aprendiendo.

De Podemos sabemos, por ejemplo, que para ellos no rigen las pautas de conducta democrática que obligan a todos los demás. Y por ello pueden presentar como candidato al Congreso y mantener como concejal a un energúmeno y apaleador reincidente como Andrés Bódalo; apoyar a su prepotente diputada y jueza Victoria Rosell, abonada al «usted no sabe quién soy yo»; respaldar al gaditano Kichi González en sus ataques a la prensa libre; solucionar sus crisis con depuraciones estalinistas o negarse a explicar por qué sus dirigentes recibieron más de seis millones de dólares de Hugo Chávez. Y de Ciudadanos, sabemos ya también que es un equipo de salida briosa, pero al que se le dan muy mal los últimos minutos del partido, en los que comete pifias garrafales. Rivera cerró la campaña dándole la vuelta en el último día a todo lo que había prometido. Algo que pagó caro en las urnas. Y concluye igual este período de investidura, haciendo aquello por lo que crucificó a Pablo Iglesias: exigir sillones en el Gobierno. La explicación para semejante giro es de nota. Según Ciudadanos, un Gobierno con 90 diputados sería «demasiado débil». Al parecer, con uno de 130, los 220 diputados de la oposición se echarían a temblar. Solo cabe esperar que la comedia grotesca que hoy se representa en el Congreso se cancele tras una única representación.