Escondites para la avaricia


El dinero es como el agua. Siempre busca un agujero por el que filtrarse. Ahora, una corriente de aire ha echado a volar los papeles de Mossack Fonseca, apóstoles de las offshore que llevan toda una vida dedicados al noble arte de facilitar escondites a la avaricia, y han escandalizado a medio planeta. Un golpe más. Hace tiempo que este mundo hace aguas. Llevamos unos años sufriendo una permanente tormenta del escándalo. Una especie de cambio climático de la ética pública. Los terrenos prohibidos en otro tiempo se deshielan aceleradamente. Los icebergs vagan a la deriva con el peligro de hundir a los más fabulosos trasatlánticos. Ya escribía García Márquez que «la plata es el cagajón del diablo». Por lo visto ya no hay patrias, la única patria real parece el dinero. Y en este escenario, la desesperación llama a las puertas de Europa con fuertes golpeos de los puños de los refugiados, que se hacinan ante unos muros cuyos agujeros supuran podredumbre. Sin embargo, ya nada sorprende, porque a la sombra de tanta opacidad, oscuridad y ocultación ya se adivinaba un mar de claridad. El aire de la vida lleva tiempo revelando que detrás tanta palabrería barata se esconden los paraísos en los que vierten los canales de la codicia. Gunnlaugsson, que ya ha caído, Macri, Saud, Putin, Messi, Pilar de Borbón, Almodóvar, Platini o Faldo brillan a la cabeza de la inmensa lista de la vergüenza. Los beneficiados de la sociedad evitan contribuir a su soporte. Mientras el tiovivo de la fiesta da vueltas, el peso del Estado recae en las espaldas de los humildes, a los que hacen cada día más duro levantarse de madrugada para poner el país a andar. Deberían saber que los árboles quemados no dan sombra.

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