Estar quieto es rentable en política con una condición: que los adversarios se muevan, pero se muevan mal. El paso del tiempo beneficia al inmóvil, siempre que los adversarios no lo sepan aprovechar en beneficio propio. Cuando ambas circunstancias coinciden, el político estático ve crecer sus expectativas de voto. Es el caso del señor Rajoy, que vive asediado en la Moncloa -asediado por las nuevas noticias de corrupción, por el ataque enemigo, por las críticas mediáticas y por la historia reciente, como se demostró en la entrevista de Jordi Évole-, pero no pierde posiciones en el tablero nacional. Al revés: mientras la izquierda retrocede y baja en intención de voto en las últimas encuestas, él gana un pequeño, pero alentador porcentaje. Le acompaña en esa subida el partido Ciudadanos, seguramente por el discurso coherente de su líder, Albert Rivera.
Esos sondeos, especialmente los publicados este fin de semana, tiene un valor especial en este singular momento de la nación: permiten adivinar cuáles serían los partidos beneficiados y cuáles los perjudicados por la repetición de elecciones. Por lo tanto, permiten suponer cuáles desean y cuáles no volver a las urnas el 26 de junio. Lo pueden desear el Partido Popular y Ciudadanos, y lo deben rechazar el Partido Socialista y Podemos. Especialmente para el PP, las elecciones se perfilan como la última y única posibilidad de conservar el poder. Para socialistas y podemistas, el pacto no es una opción; empieza a ser una necesidad, incluso de supervivencia. Así se entienden las renuncias que hizo Pablo Iglesias para sentarse con Pedro Sánchez y así se entiende la promesa del portavoz socialista Antonio Hernando de «no levantarse de la mesa hasta que haya un acuerdo».
¡Dios, qué peligro! Yo no tengo nada contra una coalición de izquierdas, si es un resultado natural de la voluntad de los votantes. Pero lo tengo casi todo contra las coaliciones formadas por la necesidad de salvar unas siglas. Y lo tengo casi todo contra los acuerdos arrancados precisamente para evitar un nuevo mandato de la sociedad. Y en esas empezamos a estar. Como dice Albert Rivera, no se puede tener en el Gobierno español a quienes propugnan la separación de España. Y miren: si Pedro Sánchez se ve abocado a perder todavía más votos en las elecciones de junio y a aumentar así el récord negativo de «los peores resultados de la historia del PSOE», puede encontrar su tabla de salvación en un reparto del poder con los populistas y con los independentistas. Necesita sus escaños para no fracasar otra vez en su investidura si no tiene el apoyo de Ciudadanos. Y los necesita como tabla de salvación personal. Probablemente sea lo peor que puede ocurrir.