Sus padres tenían dos trabajos para estar seguros de poder atender una preparación de primera para los hijos. La típica clase media próspera que hizo de España un lugar mejor y que llegó al umbral de la crisis con la conciencia tranquila y el futuro despejado. Así empezó su vida laboral el ingeniero, tras despacharse la dureza de la carrera sin contratiempos y de haber atendido con nota todo lo que se esperaba de él. Se lo pasó bien cuando tocaba, estudió idiomas y ejecutó de forma escrupulosa el desahogado plan de vida que estaba previsto para él. Así que se plantó en la mitad de su treintena con esa placidez que proporcionan las buenas vidas, con esa serenidad que otorga un horizonte existencial sin oscuridades y con esa paz que da el deber cumplido y reconocerse como la mejor versión de sí mismo.
En el mejor momento de su vida, el ingeniero recibió una llamada y una carta de despido. España iniciaba un proceso de deflación social, un drama de proporciones mitológicas con un monstruo instalado en el centro de la pirámide social que se cobraba cada día su deuda en vidas. Un hidra con las siete bocas empotradas en el sumidero del paro. Un tic tac imparable e insoportable que un día escuchó también el ingeniero, porque su hora había llegado y el sacrificado, ahora, iba a ser él.
Y ahí está ahora el ingeniero, con la cerviz inclinada y la dignidad doblegada, alimentando una culpa que no es suya pero que ha reconocido como si fuera solo suya, paralizado, sin autoestima, fracasado y con la pegajosa sensación de que ha defraudado a quien no debía. El ingeniero ya no es noticia. Forma parte del paisaje, como esas ruinas que quedan en pie tras la batalla, mientras la vida, fuera, vive ajena a lo que hemos hecho con él.