Me arriesgo a un pronóstico sobre el presidente Núñez Feijoo horas antes, casi minutos, de que comunique su decisión a su propio partido y, por tanto, a toda la sociedad. Soy consciente del riesgo que asumo, porque Feijoo ha llevado su caso como un secreto de Estado y evitó que las paredes oyeran su pensamiento. Sus más directos colaboradores se van a enterar hoy mismo. Todos los rumores que han circulado de ofertas de empresas nacionales y extranjeras, fundaciones y organizaciones varias son exactamente eso: rumores, independientemente del interés que a cualquier corporación le suscita tener la posibilidad de fichar a Feijoo.
Pues bien: mi apuesta es que se quedará en la Xunta y volverá a ser candidato a presidirla. Cuando declaró que tenía que optar o dudaba entre la función pública y la empresa privada creo que lo hizo para echar balones fuera; para que los periodistas lo apartásemos del rumor de las conspiraciones de Madrid, de la sucesión de Rajoy y de todas esas cosas que se han publicado y se seguirán publicando. O muy poco conozco a don Alberto, o no hay cosa que más le duela que verse en maniobras de sucesión cuando nunca ha movido un dedo contra su jefe y amigo Rajoy.
Descartado, pues, ese salto a la empresa privada -que además podría tropezar con alguna incompatibilidad o con alguna puerta giratoria-, su destino sigue siendo Galicia, con todos los riesgos. El primero es perder los cuatro escaños de margen de su mayoría absoluta y pasar a la oposición. Hasta donde sé, en el Partido Popular nacional se manejan encuestas que le quitan al PP un escaño en A Coruña, otro en Pontevedra y un tercero está bailando en Lugo, lo que lo dejaría en la frontera de esos 38 diputados que marcan la mayoría. Los analistas del partido sostienen dos tesis. La primera, que sin Feijoo la pérdida de votos sería infinitamente mayor; de ahí que hasta el ministro de Interior, que es catalán, le pida que continúe. Y la segunda, que de aquí a octubre esos escaños son recuperables -y, por tanto, la mayoría absoluta defendible- por las ayudas externas: por la crisis de un PSdeG que todavía no tiene ni candidato y por la dispersión de voto que hay en toda la izquierda nacionalista.
Hay una tercera posibilidad en la estrategia que se estudia: adelantar las elecciones a junio; hacerlas coincidir con las supuestas elecciones generales que, salvo milagro, se repetirán el día 26 de ese mes. Pero eso sí que no lo puede anunciar ni Feijoo ni nadie este sábado. Hay que esperar, inevitablemente, a que termine el festival de los pactos de Madrid. Si terminan bien y hay matrimonio Sánchez-Iglesias con Rivera o sin él, elecciones gallegas en octubre. Si terminan mal y tampoco Rajoy monta la gran coalición, las dos elecciones en junio. No me juego un euro por ninguna de las profecías, porque puedo perder.