«Yo me dedicaba a lo que me dedicaba». Escucho esta majestuosa frase de los labios severos y compungidos de Iñaki Urdangarin y enseguida vienen a mi mente otras glorias expresivas surgidas de parecido caletre: «Aquí pasó lo que pasó», «Fútbol es fútbol», etcétera. Me doy cuenta entonces de que vivimos en el país de la tautología, que es como decir en el más absoluto de los vacíos conceptuales. La conmemoración solemne del vacío, esta es mi tierra. La tautología -y sus parecidos familiares: la perogrullada, el pleonasmo, la cacología, el truismo, la redundancia- es ciertamente demoníaca. En este país parece que se reproduce por escisiparidad, como decía Oteiza de los cretinos. Pero ese su carácter demoníaco tal vez nos avise también de una profundidad criminal, insospechada.
Con toda razón, Wittgenstein desconfiaba de la pura y simple pobreza -de espíritu- del discurso tautológico, que nunca llega a tal, esto es: a discurrir, a ser discurso. La proposición tautológica constituía, a su juicio, el «centro desprovisto de sustancia» de todo el sistema del lenguaje. Si ella es el centro, el borde del sistema -igualmente desprovisto de sustancia- lo ocupa la figura de la contradicción. Ahora se ve claro, en el pim-pam-pum entre estos dos límites se juega siempre el partido patrio. Ninguno de los dos enseña o sirve para nada: el uno, la contradicción, porque siempre es falsa, el otro, porque siempre es verdadera.
La tautología lo dice todo, es decir, anuncia una verdad que no tiene excepciones. Pero entonces no dice nada, pues si todo es verdadero nada es verdadero. No se ve muy bien en qué consiste la verdad de la tautología, ya que ella no encuentra ninguna forma de falsedad a la cual oponerse o que se le oponga. Y aquí llegamos a todo el quid de la cuestión: el tautólogo desea acabar con toda disquisición o cavilación en torno al tema. Desea cerrar toda posibilidad de discurso con un categórico epitafio que lo diga todo sobre el asunto, dando definitivamente por zanjada cualquier posibilidad de desvío, comentario u opinión al respecto. Aun sabiendo, o precisamente por saber, que el asunto, es verdad, da mucho que pensar. No hay mayor tirano que el tautólogo, su falsedad y malicia son evidentes, y hasta su degeneración, si pensamos que en el origen de todo pensamiento reposa la tautología como extrañeza de lo real cuya evidencia, efectivamente, es lo que hay que pensar: el ser es lo que es, y el no ser no es, declaró, por ejemplo, Parménides; y aquí, con él, empezó todo. O, como es sabido, en otra tradición, también inaugural, la de Yahvé: «Yo soy el que soy». Grandes tautologías de los orígenes.
Solo que, como dijo también Goethe, en el principio está el verbo? y en el final la frase hecha. He aquí donde estamos, donde nos movemos con aspavientos ridículos de proposición en proposición, de juicio en juicio, o de juzgado en juzgado. Así son las cosas, que diría un comunicador tautólogo -si es que ambas términos no significan lo mismo-.
Sabiendo que lo del callar wittgensteiniano en este país es imposible y que el discurrir está complicado, concluyo con una secuencia de una de las aventuras de Tintín de Hergé, perteneciente a La oreja rota. Un director de un museo le muestra a Hernández, el policía del binomio Hernández y Fernández, una carta sin firmar que acaba de encontrar en su correo. «Mi opinión está hecha», declara Hernández: «¡Esta carta es una carta anónima!». Entonces lo interrumpe su compañero Fernández: «Yo diría aún más: ¡una carta anónima cuyo autor es desconocido!».
Tal es la perspicacia en la que nos movemos.