La estética, de cine: los dos personajes paseando por la calle de buena mañanita, como en los cuentos y en las películas de amor, que tanto gustan a los guionistas de Podemos. Por parte del novio, un regalo de compromiso que no tiene forma de anillo, sino de libro; de libro de baloncesto, la política que les une. Por parte de la novia, un te quiero y una propuesta de ménage à trois, que el novio rechaza en el tálamo nupcial, pero acepta en los juegos previos que los del vulgo llamamos investidura. Todo muy lindo y pensado. Lo había anunciado Errejón: ha sido una reunión muy preparada. A partir de esa constatación, ¿qué nos queda a los contribuyentes? Tres delicados frutos: un no sabemos, un ya veremos y un qué quieres que te cuente.
No sabemos qué pasará en este país, porque Rajoy había dicho que no hablaría con Sánchez si este se estaba trabajando un Gobierno de izquierda. Como ayer fue el primer contacto de ese trabajo y ahora vienen unas largas negociaciones, ignoramos todo esto: si serán capaces de acordar algo, si harán una coalición a dos o a tres, si se repartirán ministerios o funciones y entre quiénes, o quién renunciará a más principios. Lo único que queda claro es que, mientras negocien, Rajoy no tendrá con quién hablar. Con lo cual, o queda fuera o vamos a elecciones.
Ya veremos cuál es el papel de Ciudadanos, qué función le dejan y qué quiere hacer Albert Rivera en ese trío. De momento, es el obstáculo: no lo quiere Iglesias, porque es demasiado centrista para sus ensoñaciones. No lo quieren las confluencias de Podemos, porque es demasiado españolista para quienes desean el derecho a decidir. Lo necesita Sánchez, porque es el yerno que todos querríamos, la cara de la templanza, el rostro amable para serenar a los barones socialistas, que no quieren a Pablo Iglesias de yerno ni regalado, y para tranquilizar a la derecha económica asustada ante los tambores de cambio. ¿Y qué hará Albert? Lo dicho: ya veremos.
Y en la acera del qué quieres que te cuente, ayer fue el día de las buenas intenciones. Hemos visto a un Iglesias tan generoso y patriótico, que se mostró dispuesto a renunciar a la vicepresidencia del Gobierno, cuánto lo siento. Le hemos escuchado decir que «los vetos no pueden ser indefinidos», pero sigue vetando la entrada de Ciudadanos en un Gobierno de coalición. Y hemos oído a un Sánchez todo voluntad, aunque, si se le aprieta un poco, se le escapa un inoportuno «difícil, casi imposible». Después de 101 días de incertidumbre, entramos en 30 días finales de escepticismo. Eso sí: presidido por grandes frases. La que ayer pidió mármol para ser grabada la dijo Sánchez: «Convirtamos al Congreso en el Gobierno». ¡Cómo nos vamos a divertir!