Elecciones o Gobierno tripartito

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

Hace ya meses que aventuré, a la vista del galimatías político, nuevas elecciones. Mantengo el pronóstico, aunque a la vista de los últimos vaivenes, incluida la entrevista Sánchez-Iglesias de ayer, no me atrevo a descartar totalmente que acabe por fraguar un acuerdo de Gobierno a tres bandas: Ciudadanos, PSOE y Podemos. Y si esa posibilidad existe -remota, insisto- se debe a la tenacidad de Pedro Sánchez, el dirigente más denostado e insultado por las terminales mediáticas de la derecha, que nunca le perdonarán su negativa a arrojarse -suicidio asistido- en brazos del PP. El socialista atrae como un pararrayos las iras de los paladines de la Gran Coalición, quienes parecen haber olvidado que, mientras tildaban a Sánchez de mero pelele en manos de barones y baronesa, el PSOE rechazaba de plano y unánimemente un pacto con Rajoy, al tiempo que marcaba las líneas rojas -el referendo catalán, en primer término- para una hipotética negociación con Podemos.

No cambió desde entonces la postura del Partido Socialista, que se sepa. Pero en este largo y tedioso entreacto, Pedro Sánchez fortaleció su posición interna en el partido, firmó un acuerdo con Ciudadanos, puso en marcha el reloj para desbloquear la situación y, en contraste con la actitud absentista de Rajoy, transmitió la idea de que el cambio era posible. Y no sobre la base de una amalgama ingobernable de partidos izquierdistas, nacionalistas e independentistas, sino a través de un acuerdo de mínimos entre tres fuerzas de derecha e izquierda que reúnen en conjunto más de doce millones de votos, cinco millones más que el PP.

El debilitamiento de Podemos, reflejado en sus depuraciones y querellas internas, constituye el segundo factor que abre una rendija al entendimiento. Los desplantes del partido de Pablo Iglesias al PSOE, entre ellos la pulla de la «sonrisa del destino», el esperpento del reparto anticipado de carteras y la insidia de la «cal viva», denotaban que Podemos no quería tratos con la vieja casta socialdemócrata. Cualquiera de las otras dos opciones, pacto PP-PSOE o nuevos comicios, le parecían más atractivas. En el primer caso pasaba a liderar la oposición, en el segundo preveía conquistar la hegemonía en la izquierda. Miel sobre hojuelas en ambas hipótesis: inmejorables trampolines para asaltar el cielo raso de la Moncloa. Pero algo ha cambiado en estos meses. Tal vez a Podemos, cuarteado por las querellas internas y con dificultades para explicar por qué sus votos coinciden con los del PP, ya no le parece tan bueno ni tan seguro el negocio del adelanto electoral.

Si nos atenemos a las declaraciones efectuadas ayer, jamás veremos sentados en el Consejo de Ministros, juntos, a Albert Rivera y a Íñigo Errejón (con Iglesias no cuento, porque se autodesigna y se autocesa cuando le peta). Un frío cálculo de probabilidades me induce a pensar que así será. Mas, por otra parte, sospecho que aún no se ha escrito el colofón de este vodevil. Y con tales autores, el final resulta imprevisible.