«Malena canta el tango como ninguna», dice un tango de Homero Manzi. No sabemos si Barack Obama merece tanta ponderación como bailarín, pero es el primer presidente de los Estados Unidos de Norteamérica que lo ha bailado en la Argentina. No fueron tantos los visitantes de su rango en el país del río más ancho del mundo. Lo precedieron solo cinco de sus pares, desde el legendario Franklin Delano Roosevelt en 1936, hasta George W. Bush, en el 2005, que bailó de otra manera, al compás de los abucheos suscitados por la propuesta del ALCA (Área de Libre Comercio en las Américas).
Obama no es solo el primer jefe de Estado norteamericano en ofrecernos el espectáculo de nuestra danza más famosa, sino también el que abre camino en algunos otros rubros de mayor importancia. Es el primer afroamericano que ocupa su cargo, el primero que pisa Cuba después de la Revolución y que da los pasos iniciales hacia el cese del bloqueo y la normalización de las relaciones políticas entre los dos Estados. También, para nosotros, es el único de su linaje presidencial que reconoce el nefasto papel de su país en la última dictadura (1976-1983). La coincidencia entre su visita y la conmemoración de los 40 años del golpe, el 24 de marzo, causó, en principio, inquietud y malestar. Pero esta admisión (aún tibia, para algunos), así como la visita al parque de la Memoria en homenaje a los desaparecidos, y su promesa de entregar nuevos registros desclasificados que podrían aportar conocimiento sobre el destino de muchas víctimas, aplacaron relativamente los ánimos.
Tanto Obama, como la brillante Michelle (cuyo encuentro con mujeres estudiantes de la escuela secundaria tuvo especial repercusión) dejaron, por sí mismos, un halo de dinamismo seductor, reflejos rápidos, y variados testimonios de cortesía. No solo el gesto (no programado previamente) de bailar el tango, o de tomar mate (este, sí, parte de los rituales previstos), sino el manejo de información precisa sobre la política y la actualidad argentinas, así como las referencias a figuras protagónicas de la cultura nacional (los escritores Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, por ejemplo). Si Obama leyó discursos, también contestó libremente todo tipo de preguntas e interactuó con jóvenes emprendedores. Y Michelle no se quedó atrás en cuanto al capítulo de baile.
Pero así como fueron en tantas cosas los primeros, nos preguntamos si lamentablemente no serán los últimos. En definitiva, hemos visto en ellos buena parte de las mejores facetas de su complejo país. La sombra de Donald Trump planea, sin embargo, sobre un escenario internacional cada vez más enrarecido. Hay estilos políticos, bien se sabe, que necesitan crear enemigos para reinar, si es que ya no los tienen. Y a los Estados Unidos, si caen bajo el empuje de una derecha racista y recalcitrante, para su desgracia y para la del resto del mundo, sin duda van a sobrarle las dos cosas.