¿Y el bien común?


Vivimos un momento político apasionante en el que todos nuestros líderes ven la paja en el ojo ajeno y ninguno distingue la viga en el propio. Así se explica que unos ataquen encarnizadamente lo que hacen otros, mientras disculpan a los suyos por hacer lo mismo. Los ejemplos son innumerables y no dejarán de aumentar en los próximos tiempos. Se ha instaurado la doble vara de medir y se acabaron las contemplaciones. ¡Es la guerra, más madera! Y leña al mono que es de goma? Lo malo es que hay riesgos.

Pero esta es la realidad a la vista. Nuestra política se ha atiborrado de ejemplos ilustrativos. Un mismo hecho merece un juicio muy distinto si lo protagoniza Manuela Carmena o Cristina Cifuentes, si lo ampara Rajoy o Iglesias, si lo avala un pitufo viejo o un pitufo joven. Es el signo de estos tiempos, y no es un buen signo. Joaquín Leguina, expresidente socialista de la Comunidad de Madrid, dijo que ahora gana el que «odia más» y le atribuyó esta condición a Podemos, que habría desplazado o absorbido por esta vía a militantes de otras fuerzas radicales y/o de izquierdas, como Bildu o IU.

Yo no lo veo así porque creo que esto supondría desdeñar lo que hay de inevitable relevo generacional en lo que está ocurriendo entre nosotros. Porque la realidad acreditada es que los relevos generacionales son tan ineludibles como cumplir años si uno no está muerto. Así, en vez de dedicarse a embadurnarlo todo, nuestros políticos deberían reconocerse como diferentes y, a partir de ahí, buscar nuestro bien.

¿Llegaremos a ver este buen propósito? Debiéramos. Pero la verdad es que no los veo muy decididos a confabularse en busca del bien común, sino solo en beneficio de sus intereses muy particulares. Es decir, se percibe demasiado que cada uno va a lo suyo, procurando causar el mayor daño a los adversarios. Lo cual significa una absurda malversación de energías y de posibilidades de mejora social. Han desaparecido muchas máscaras y ya nadie se anda con rodeos. Y menos que nadie los que parecen querer la presidencia del Gobierno al precio que sea, incluso al de desajustar la historia de sus propios partidos y sustituirla por un ruidoso y caudaloso río de ambiciones personales.

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