Cuando las cosas se ponen feas, hay periodistas con dignidad, como Leticia Álvarez, que deciden hacer el mejor papel de este oficio: ser testigo. Y entonces se va al campamento de refugiados en Calais o al tapón de Idomeni entre Macedonia y Grecia para contar en las páginas de La Voz que las madres dan a luz a sus bebés en el barro y que los padres no saben cómo acallar el llanto de sus niños. El dolor en Idomeni ha sido tanto que muchos piensan que es mejor volver a la guerra de la que huían. ¿Qué está pasando para que los que soñaban con ser refugiados crean que la única salida es volver al infierno? Pero Europa hace tiempo que mira con las cuencas vacías de los ojos. ¿Cuánto nos dura el horror al ver las colas desesperadas de padres que se pelean por un pedazo de leña que se reparte desde una camioneta para poder calentar a los suyos? Unos segundos. Hoy todo es más fugaz que nunca. En seguida llega la información de la Champions y ese opio nos hace olvidar que Idomeni existe. ¿Se han dado cuenta de que cada vez duran más los minutos de noticias de deportes en los informativos que los de las noticias de la realidad? El fútbol como anestesia para no pensar que a las puertas de nuestro viejo y podrido continente las madres dan a luz en el barro. El himno de la alegría no es el sonido de nuestra civilización. Es el himno de la pesadilla. O peor: nuestro hilo musical ya es la cancioncilla de la Champions, la Eurovisión del balón.