Se suele señalar que Fraga organizó Galicia en baronías, pero en realidad esta era la forma fina de referirse a un tipo de político que practicaba la gestión oportunista de las necesidades sociales. Si querías que una pista asfaltada llegara a tu casa, que un punto de luz pública iluminara el portalón, si aspirabas a que tu hijo entrara en la caja, había que tratar bien al barón. En una campaña para unas municipales de los primeros noventa, el candidato conservador prometió neveras a quien lo votase y el recuento electoral se realizó en la sede comarcal del PP. Así era la cosa. Un caciquismo blando que aspiraba a mantener los equilibrios del XIX y que consolidó el subdesarrollo en territorios despreciados, como Ourense. Uno de estos señores solía argüir: «¡Mira que se chego a estudar e se me perde esta intelixencia natural que eu teño!».
Hubo un tiempo en el que la instrucción era sospechosa; en apariencia se proclamaba el orgullo revolucionario de no ser un señorito, pero en la práctica esa aversión a la academia intuía la amenaza que representaba para un sistema basado en la sumisión. Hace unos días, Donald Trump, que pretende presidir los USA desde la infamia, dijo: «Amo a la gente sin estudios; somos los más listos, los más leales». La confesión establece una relación inquietante con aquella proclamación del baronciño ourensano y bebe de la misma tradición: la que quema libros en la hoguera.
En un recordado acto en la Universidad de Salamanca, ante un Unamuno sobrecogido por la deriva, el mutilado Millán Astray proclamó: «¡Viva la muerte, abajo la inteligencia!». Se sabe la respuesta del rector, horas antes de ser condenado a destierro: venceréis, pero no convenceréis.