Pablo Iglesias ya sabe -ya sufre- lo que es dirigir un partido. No es solo seducir con encanto personal y bellos discursos. No es solo dominar la escena y las cámaras ante un público desengañado por la crisis y los vicios políticos. No es solo presentarse como gran renovador de una clase política gastada. No es siquiera confeccionar un programa, presentarlo a las elecciones y triunfar en el primer asalto. Esa es la parte atractiva, la seductora, de una fuerza política. Detrás está la amarga: la que hace que Rajoy tropiece con conspiraciones; la que sobresalta a Pedro Sánchez cuando escucha la palabra barones o el nombre de Susana Díaz; la que provocó las deserciones en UPyD hasta llevarla a la disolución; la que hace que Unió Democrática solicite concurso de acreedores?
Pablo Iglesias ya sabe todo eso. Mientras Podemos no era un partido organizado como tal, era una piña de amigos que se proponían conquistar el cielo. Vivían de una ilusión inmaculada que lograron contagiar a sus votantes. Como les gusta decir, eran la belleza, casi la pureza democrática. Se sentían felices porque su estilo y su léxico se había contagiado a la casta. Después tropezaron con la realidad más prosaica: la formación de equipos coherentes; las complejas alianzas con las formaciones regionales y las dificultades para hacer compatibles sus aspiraciones; las diferencias estratégicas, que terminaron por provocar la salida de Juan Carlos Monedero; los descontentos, el examen de eficacias, el complejo reparto del poder, el juego de las lealtades? Y las dimisiones. Y los ceses.
Todo eso se juntó en Podemos en un brevísimo plazo de tiempo: el tiempo de puesta en marcha de la maquinaria. Contra lo que pensábamos, las piezas no están bien ajustadas, chirrían y producen la impresión de que van a saltar por los aires. Como todos los partidos, Podemos sufre la aparición de tendencias. Como todas las izquierdas, tiene un alma proclive a la socialdemocracia y un alma de la pureza (y la dureza) doctrinal: les ocurrió a todos los partidos comunistas y socialistas. La confrontación entre un Errejón reflexivo y un Iglesias pragmático, pero impulsivo, está en el fondo de la crisis actual.
No es alarmante para sus votantes ni regocijante para la derecha: solo es un ajuste del mecanismo donde Iglesias se juega su autoridad y quiere demostrar que la puede imponer. Pero sus efectos son como los de un terremoto que tiene mucho más impacto mediático por producirse en un territorio donde nunca se había movido una hoja. Y tiene una consecuencia de imagen: para muchos ciudadanos, Podemos ya no es la excepción; ya empieza a ser justamente lo que no querían: un partido con los mismos problemas que los demás.