La vemos tan poderosa, la encontramos en todas partes, comprobamos la devoción que se le tributa, percibimos su liderazgo y se le teme tanto, que nos creímos que era Dios. Y ella misma tuvo que salir ayer para desmentirlo. Rita Barberá no solo no es Dios, sino que además no se entera de lo que pasa a su alrededor. Ni tan siquiera sabe que las sesiones del Senado se iniciaron hace dos meses y por eso no acudió hasta ayer tarde. Si lo hubiese sabido antes, probablemente hubiera acudido. O no, porque Rita es como es; conoce al pie de la letra todos y cada uno de los casos de corrupción del PSOE, pero desconoce el tsunami de los populares en su comunidad.
Podemos dormir tranquilos. Rita va a ir a ver al juez para colaborar con la Justicia; eso sí, como quien colabora con el dentista cuando acude a él con dolor de muelas insoportable. Y no solo va a ir, sino que le contará todo lo que sabe de la corrupción. Que no es mucho, a juzgar por lo que ya tuvo a bien adelantarnos. Ella estaba en otras labores más políticas y efectivas, las de dirigir y ser la candidata. Las tareas más oscuras estaban asignadas a sus fieles servidores, que en aras del éxito de llevarla a la alcaldía, hacían y deshacían a su antojo. Lo mismo te daban dos billetes de 500 para que les ingresases uno de 1.000 en la cuenta del PP, que le adjudicaban un sarao al marido de la infanta, para que la promoción de Valencia fuese real.
Y Rita, sin enterarse, porque no es Dios. Aunque algo divino debe de tener porque, como dijo Plutarco, «los dioses juegan con los hombres como si fueran pelotas». Y Rita, con todos nosotros, contándonos unas milongas increíbles.