En el prólogo de La decisión de Sophie, William Styron confiesa que su libro es «un sincero intento de afrontar el tema más formidable, trágico y desafiante de nuestro tiempo: la negra noche del alma humana cuando millones de inocentes sufrían y morían bajo la dominación nazi». En su obra, Styron cuenta la historia de una madre obligada por un comandante alemán a elegir cuál de sus dos hijos vivirá y cuál será enviado a la cámara de gas. Es una tortura a largo plazo, con una cruel garantía de por vida.
La historia de la humanidad parece un triste acordeón, con pliegues en los que se tocan presente y pasado. Vuelven viejos fantasmas. Nacen nuevos monstruos que lo devoran todo y que alumbran con eficiencia industrial muertos y parias. Arrojan al vacío a familias que cruzan el mar con falsos chalecos salvavidas y que, si naufragan, quizás hayan tenido que decidir si nadan hacia el hijo o la hija, hacia el hermano o la madre, hacia el infierno o el infierno. Por no hablar de los que quedaron atrás, donde todavía son menos dueños de sí mismos. Los líderes europeos lanzaron al mundo grandes promesas, acompañadas de actos y fanfarrias que, presuntamente, quedarían para la posteridad. Fue un festival de inmejorables intenciones. Pero antes hablaban de la fotografía de Aylan y ahora dan lecciones de cálculo. Saltan sin solución de continuidad del buenismo a las matemáticas económicas y electorales. Se cierran fronteras, Macedonia barre los refugiados hacia Grecia, y Europa pretende que Erdogan se convierta en su particular muro de pago. Para muchos Gobiernos, Turquía no está en condiciones de entrar en la Unión Europea, pero sí de convertirse en el gendarme del viejo continente. Y así se va decidiendo. Vida y muerte.