Compadezco al señor ministro de Asuntos Exteriores. Tiene que ser muy deprimente declarar en televisión, como él mismo recordó ayer, que el pacto de la Unión Europa y Turquía era «inaceptable» y que nadie se haya enterado. Ni siquiera su compañero de gabinete, el ministro del Interior, que criticó duramente al socialista Pedro Sánchez por haber dicho lo mismo. Creo que la anécdota es muy reveladora, porque toda la prensa, la clase política y creo que la mayoría de los ciudadanos, empezando por el que suscribe, entendieron también que el preacuerdo era aceptado por todos los jefes de Gobierno reunidos en Bruselas, y entre ellos estaba don Mariano Rajoy.
Si el señor Rajoy no acepta ahora el contenido de ese acuerdo, tiene que ser por alguna de estas razones: porque en Bruselas no captó debidamente lo que se pretendía hacer con los refugiados y los demás migrantes, porque no se lo tradujo el señor García Margallo, o porque se asustó ante el clima de opinión creado en nuestro país. En todo caso, el presidente y su Gobierno deben hacerse mirar la poca eficacia informativa. Como diría Felipe González cuando estaba en decadencia, sus mensajes no logran traspasar el muro de comunicación que le separa de la sociedad. No es normal el aluvión de críticas recibidas por el acuerdo y el desconocimiento de la posición española.
Así se explica el gran cambio de actitud producido el pasado viernes: en menos de 24 horas se pasó de decir que un Gobierno en funciones no tiene por qué informar al Parlamento ni someterse a su control a tomar la iniciativa de buscar el consenso del mismo Parlamento sobre los refugiados. Sigue vigente el diagnóstico de Fraga que decía que el Gobierno solo acierta cuando rectifica. Lo bueno del caso es que no hubiera sido precisa ninguna rectificación si el señor presidente hubiera explicado desde el principio cuál era su posición. Pero no lo hizo o nadie se enteró y las descalificaciones del acuerdo no afectan solo a la Comisión Europea o al Consejo, sino a todos los Gobiernos que estaban en Bruselas.
Ahora la sospecha es inevitable: se reclama el consenso del Congreso y Margallo acentúa sus críticas al acuerdo porque hay que irse preparando para las elecciones, por si acaso. No sea que todos los partidos queden como más humanitarios que el gobernante. No sea que cunda la idea de que este Gobierno tiene un tic autoritario que le conduce a gobernar sin el Parlamento. No sea que, al mismo tiempo, parezca que la actual oposición (también en funciones) recoge mejor el sentimiento de la opinión pública. No sea, en fin, que se transmita una imagen de descoordinación gubernamental donde los ministros se contradicen y al presidente le metieron un gol.