Si Homero o Virgilio tuviesen que escribir sobre la actualidad política española, e intentasen rescatar a sus lectores de la estupefacción y el marasmo en los que nos hemos metido, recurrirían a una metáfora náutica que bien podría ser la que a continuación les propongo. La vida democrática es como un largo viaje por los océanos. Tranquilos unas veces y borrascosos otras. Teñidos de rojo en ocasos apacibles, y negros como boca de lobo cuando las tormentas siembran el terror.
El bajel que navega representa al parlamento y las instituciones, cuya variedad y funciones pueden asimilarse a los distintos palos, velas y aparejos con los que la nao se gobierna.
El timonel es el Gobierno, que, aunque no puede cambiar las condiciones objetivas de cada singladura, puede maniobrar con habilidad y evitar los golpes fatales de las olas arboladas. Y las elecciones son los vientos -favorables unas veces y desfavorables otras- que empujan al velero, a su tripulación y sus cargas hacia el puerto de destino. Partiendo de esta metáfora, y vista la encuesta de Sondaxe que este diario publicaba ayer, no tengo ninguna duda de que Virgilio acudiría al fatalismo y a la cruel envidia de la diosa Juno para explicar por qué España va inexorablemente hacia los acantilados, empujada por vientos racheados y persistentes, y con la misma fuerza de los «luctantes ventos tempestatesque sonoras» que liberó Eolo -«cavum conversa cuspide montem impulit in latus»- para dispersar y hacer zozobrar la flota de Eneas. Los ciudadanos, dice Sondaxe, apenas van a cambiar sus posiciones. Y la situación de España después de unas elecciones repetidas será tan desesperada -avanzan los augures profesionales- como esta que hoy padecemos. Pero los adivinos de hoy, menos leídos que nunca, se equivocan de medio a medio.
Primero por lo que dijo Séneca, cuya intuición sentenció para siempre que no hay viento favorable para el que no sabe a qué puerto se dirige. Y después, más importante si cabe, por lo que nos dejó escrito la poetisa Ella Wheeler Wilcox (1850-1919), a la que yo citaba profusamente en los mítines populares de la denostada transición: «Un barco se dirige al naciente y otro al poniente, / con idéntico viento soplando sobre los dos, / porque es la posición de las velas, / y no los vendavales, / la que define y dirige la singladura». Las nuevas elecciones no son más que un tiempo de maniobra sobre este velero que hoy navega a la deriva.
Y todos debemos saber que nuestro destino no depende en absoluto de los vientos, sino de que todos acordemos a dónde queremos llegar, y manejemos el timón y las velas con tino y habilidad para que así sea. Porque la ciencia política no viene siempre de Oxford, ni siempre se escribe con números. A veces -¡quién nos lo iba a decir!- está en las viejas epopeyas escritas en latín.