Karp Lykov y su familia nunca habían oído hablar de la Segunda Guerra Mundial. Seguidores de una secta fundamentalista ortodoxa, huyeron a Siberia en los años treinta cuando los bolcheviques empezaron a perseguir a los Creyentes Viejos. La familia se instaló en una recóndita zona de la taiga rusa, cerca de la frontera con Mongolia y lejos de todo lo demás. En 1978, una expedición de geólogos contacta de casualidad con los Lykov, décadas después de su voluntaria e inclemente reclusión. Habían vivido ajenos a todos los acontecimientos que hicieron del siglo XX lo que fue, incluida la Segunda Guerra Mundial y sus 70 millones de muertos. Para ellos, la brutal contienda simplemente no había sucedido. En Europa se libra hoy otra gran guerra y la mayor parte de nosotros hemos decidido hacer de Lykov. Si no hablamos de ella, quizás conseguiremos que no exista. Es fácil, a pesar de las crónicas que describen lo que pasa. Médicos sin fronteras habló esta semana de mujeres pariendo en el barro, de niños arrastrándose bajo la lluvia y el frío y de miles de seres humanos deambulando por las fronteras en una peripecia ignominiosa que nos está retratando como civilización. Pero la tragedia de los refugiados interesa poco. A un puñado de horas de viaje desde Galicia se puede comprobar su dimensión, pero este relato no seduce a la audiencia. Los medios que se detienen en su descripción sacrifican a una parte de su público porque muchos de nosotros somos incapaces de reconocer en las caras de los exiliados nuestros propios rasgos. Los libros de historia hablarán mal de nosotros. De un continente presuntuoso que prefirió hacer de Lykov mientras sus hijos se arrastraban por el barro.